Iconografía de la santidad

Laprida, cementerio

// Por Nicolás Artusi

Con pompa y circunstancia, los fastos fúnebres son sucedidos por el fervor bautismal, en una elipsis invertida de la vida: muerte y nacimiento. Si las exequias maratónicas de Hugo Chávez fueron reemplazadas en la devoción popular por el alumbramiento de Francisco, primer papa argentino, la beatificación de uno y de otro parecen prematuras. Ahí donde la impotencia médica haya frustrado la momificación del bolivariano eterno, los rebaños ya exigen la santificación de su pastor: en su majestad pontificia, este papa conjuga la eternidad y la modernidad. Aun en su versión más austera y devaluada (en fin, argentina), conserva todos los signos del apostolado: la cruz de hierro, los zapatos negros, el anillo petrino, la mirada buena. No tiene los ojos torvos de su antecesor, prescinde de la estola de armiño que sería el berretín de cualquier fina devota, guarda los zapatos rojos en el armario. Cambia el papamóvil blindado por un jeep descapotado: se muestra pedestre. Y, aunque franciscano, se resista a las sandalias, en su andar algo vacilante (siempre parece a punto del traspié) parece necesitar la vara del peregrino como apoyo físico y sostén espiritual. En sus gestos de humildad tan poco vaticana, las picardías del papa cuervo alientan malos augurios: se susurran las primeras conspiraciones de la estructura eclesiástica en contra del argentino austero, se filtran los comentarios maliciosos de los cardenales ungidos en oropeles; “las resistencias internas al ‘papa de los pobres’ ya comenzaron”, titula un diario de aspiraciones confesionales.  Sigue leyendo