Breve historia de las vacaciones

Las vacaciones como “estado mítico” son un invento del siglo XX. ¿Cómo se llegó hasta ahí? Desde la época en que eran un lujo para las clases altas hasta hoy, con epicentro en el peronismo, una historia breve del progreso social, económico y simbólico de la mayor conquista de los trabajadores.

De un lujo de elites a la clase turista

Verano, Mafia

// Por Nicolás Artusi

“¿Vos sos de enero o de febrero?”: sin ambigüedades retóricas, la pregunta definía los márgenes de un mundo que podía extenderse por 31 o 28 días. No más. En los años de mi infancia (lejana, pero no tanto: como de Mar del Plata a Villa Gesell, cien kilómetros que recorrió mi familia en la búsqueda de mayor sosiego), cuando cada vacación exigía la logística de una conquista del desierto por una ruta de doble mano, el baúl cargado de latas en conserva, el acopio de historietas en previsión de un verano sin televisor o la idea tan puritana como ingenua de “desconexión” resumida en las filas eternas en la Cooperativa Telefónica para llamar a la Capital, ser de enero o de febrero decía algunas cosas sobre tu familia, más juvenil o madura, más hedonista o estoica, más expansiva o ajustada, acaso heredera de un padre abogado o psicoanalista. Hoy las vacaciones están jibarizadas, parceladas en quincenas siempre escasas o reducidas casi al ridículo: un fin de semana extendido. Entonces y ahora, una zona fronteriza entre lo mítico y lo profano o, por excepcional, una radiografía que explica por contraste la vida de estos días.  Sigue leyendo

Plegarias atendidas

Tras años de luchas, la Argentina cuenta con una de las legislaciones más progresistas del mundo para las minorías sexuales. Pero los avances también alumbraron una generación de “inadaptados” a la gaycidad omnipresente que añora la épica heroica y clandestina del pasado.

Treinta años de democracia

Orgullo gay

// Por Nicolás Artusi

“I will survive”.

La húmeda y calurosa noche del 17 de febrero de 1984, una canción de Gloria Gaynor electrizó la pista y, bajo el centelleo epiléptico de las luces estroboscópicas y con el ritmo machacante de una epifanía disco, resumió en un estribillo la pulsión de vida compartida entre los presentes: “Sobreviviré”. La democracia tenía apenas dos meses y una semana de vida cuando abría sus puertas Contramano, el venerable boliche gay de Barrio Norte que todavía hoy, casi treinta años después, aún recibe a varios de aquellos sobrevivientes, acaso los más nostálgicos, para compartir bailes y libaciones. “Al asumir Alfonsín, el adalid de los derechos humanos, creíamos que se iban a terminar las razias, el levantamiento de gente en la calle. Pero el esqueleto policial de la dictadura quedó firme; es decir, quedó la misma cúpula. Abrí un viernes, el domingo vino el subcomisario, el lunes arreglé con él, y el miércoles empezaron las razzias de la División Moralidad”, recordaba su dueño José Luis Delfino, fallecido en el 2008. Se los acusaba de violar el inciso 2º H, que penaba el “escándalo” en lugares públicos. “Me agarraba una indignación muy grande, más allá de que me estaban afectando el negocio, así que decidí acompañar a la gente que se llevaban en cana. Hablaba por teléfono con mi abogado y el tipo iba allá: él me facturaba como un taxímetro. Pero junto con eso empecé a tener una especie de conciencia política que nunca había tenido”. Si las grandes gestas empiezan en los sitios más inesperados, dos meses después, Contramano fue la sede vespertina de una asamblea abierta en repudio a una redada feroz en un bar llamado Balvanera. Un boliche de tarde muestra la realidad descarnada que la noche disimula, los sillones raídos, las paredes manchadas, los mingitorios ajados. Ahí se fundó la Comunidad Homosexual Argentina, la CHA. Donde la democracia no supo (no quiso o no pudo) desterrar a tiempo algunos de los peores vicios de la dictadura, para aquella generación de homosexuales, la apertura de locales “entendidos” dibujó una cartografía de la ciudad y el deseo, limitada a unos pocos barrios (Retiro, el Centro, Barrio Norte) y con una vereda específica para el yire: la de la mano derecha, donde paran los colectivos y los taxis. Tres décadas más tarde, con la conquista de derechos que entonces parecían quiméricos y con una “gaycidad” omnipresente, los últimos homosexuales se lamentan en privado por la “desaparición” de la homosexualidad, según la premonitoria advertencia del poeta Néstor Perlongher, y se preguntan: “¿Qué vendrá después?”Sigue leyendo

Retrato de un insomne

Consecuencias sociales, culturales y científicas de la dificultad para dormir. Ya se habla de “jet lag social”. Qué se esconde detrás del insomnio y cómo el sueño puede convertirse en una herramienta política.

El horror de no poder dormir 

Insomnio

/ Por Nicolás Artusi

“El primer requisito cuando nos disponemos a dormir es dejar la mente en blanco, tan vacía como nos sea posible, silente, ofreciéndonos con ánimo receptivo a la noche. Para muchos, y de manera habitual, este esfuerzo concluye donde empieza. No hay deliberación, la puerta se abre y luego desaparece”: ésta es una trasnochada confesión de Blake Butler, niño terrible de la nueva narrativa joven estadounidense y autor de Nada, retrato de un insomne, una cruza de ensayo, novela, memoria o ejercicio grafómano de ansiedad acerca de su propia dificultad para conciliar el sueño: “Si no fuese porque he pasado noches junto a otras personas que se quedan dormidas tan pronto como caen en la cama –durante esos viajes por carretera que terminan en habitaciones de hotel-, jamás hubiese sido conciente de mi trastorno, a pesar de que la noche nunca me haya parecido normal: un caudal invertido, cada vez más despierto en los últimos momentos del sueño hasta que, finalmente, me echo de nuevo al mundo más cansado que horas antes”. Titilante en la mesita de luz, el despertador contagia la urgencia de un reloj de aeropuerto en el instante previo a perder un vuelo e ilumina la habitación con el verdor pálido de un terror nocturno. En una época de mandato productivista, las horas de sueño deben ser aprovechadas en el máximo de su beneficio. Y si ya se habla de “jet lag social” para referirse a las personas que no pueden vincularse con el descanso, el insomnio tiene consecuencias culturales, científicas y hasta morales.  Sigue leyendo

Yo, el supremo

Hitler tenía fantasías necrofílicas. Idi Amin decía conocer el momento exacto de su muerte. Ceausescu no se bañaba porque eso era para los mortales. En “Historia mundial de la megalomanía”, Pedro Arturo Aguirre indaga en la mente de algunos grandes líderes del siglo XX.

Manías, debilidades y delirios de los dictadores

Stalin

// Por Nicolás Artusi

Cuenta la leyenda que, un frío día de febrero de 1937, toda la Unión Soviética se unió en el recuerdo del centenario de la muerte de Aleksandr Pushkin, el gran poeta nacional. En su honor se celebraron muchos conciertos y se levantaron muchas estatuas, pero la más extraordinaria fue la que se erigió en la pequeña ciudad de Mykolaiv, que desde la lejana Ucrania pretendía diferenciarse del resto y, para eso, pidió orientación al Ministerio de Cultura en Moscú. El caso llegó hasta el escritorio del mismísimo Josef Stalin, Padre de los Pueblos, quien se irritó ante lo poco original del homenaje: “Pushkin de pie en actitud lírica, Pushkin meditando, Pushkin sentado y escribiendo, Pushkin con expresión esquiva… ¡nada que aporte a la Revolución y la construcción del socialismo!”, se amargó el dictador. Un aliento de aire helado recorrió las nucas de los funcionarios presentes, que se apuraron a consentir: “Tiene toda la razón, camarada”. Después de interminables cavilaciones, la epifanía llegó gracias a un humilde escultor ucraniano que presentó el boceto de la estatua indiscutible. La idea grandiosa fue concretada en pocas semanas, con todos los recursos del Estado a disposición de la magna tarea, y se inauguró justo para la fecha del homenaje, en presencia de todo el politburó ucraniano: una escultura de Stalin… leyendo un libro de Pushkin.  Sigue leyendo

Iconografía de la santidad

Laprida, cementerio

// Por Nicolás Artusi

Con pompa y circunstancia, los fastos fúnebres son sucedidos por el fervor bautismal, en una elipsis invertida de la vida: muerte y nacimiento. Si las exequias maratónicas de Hugo Chávez fueron reemplazadas en la devoción popular por el alumbramiento de Francisco, primer papa argentino, la beatificación de uno y de otro parecen prematuras. Ahí donde la impotencia médica haya frustrado la momificación del bolivariano eterno, los rebaños ya exigen la santificación de su pastor: en su majestad pontificia, este papa conjuga la eternidad y la modernidad. Aun en su versión más austera y devaluada (en fin, argentina), conserva todos los signos del apostolado: la cruz de hierro, los zapatos negros, el anillo petrino, la mirada buena. No tiene los ojos torvos de su antecesor, prescinde de la estola de armiño que sería el berretín de cualquier fina devota, guarda los zapatos rojos en el armario. Cambia el papamóvil blindado por un jeep descapotado: se muestra pedestre. Y, aunque franciscano, se resista a las sandalias, en su andar algo vacilante (siempre parece a punto del traspié) parece necesitar la vara del peregrino como apoyo físico y sostén espiritual. En sus gestos de humildad tan poco vaticana, las picardías del papa cuervo alientan malos augurios: se susurran las primeras conspiraciones de la estructura eclesiástica en contra del argentino austero, se filtran los comentarios maliciosos de los cardenales ungidos en oropeles; “las resistencias internas al ‘papa de los pobres’ ya comenzaron”, titula un diario de aspiraciones confesionales.  Sigue leyendo

Evita, ícono gay

¿Por qué Eva Perón se ha erigido en una estampita de adoración queer? El mito de la “Abanderada de los humildes” ha dado un giro en clave de identidad sexual. Se reivindica su amistad y protección a los homosexuales de su época y hoy es venerada por la agrupación Putos Peronistas.

Inesperada reconversión histórica de un mito

Evita Tel Aviv

// Por Nicolás Artusi

Los cuerpos, la música, el alcohol, la transpiración, el amanecer, la discoteca: en Tel Aviv, el templo profano de la cultura gay se rinde frente a la estampita de una santa argentina. El boliche se llama “Evita”, es uno de los principales centros de diversión homosexual de Israel y un retrato gigante de Ella bendice la pista: si es cierto que la cultura disco se convirtió en la herramienta más efectiva en la lucha por la liberación gay, la presencia simbólica de María Eva Duarte de Perón abriga a una nueva clase de descamisados: todos bailan sin remeraSigue leyendo

Filosofía de café

Es la segunda bebida más consumida del mundo y, para algunos filósofos, una pócima mágica para leer y entender el mundo: ¿qué dice el café de la cultura humana? El libro Coffee, Philosophy for Everyone compila ensayos de pensadores y antropólogos que analizan ética, estética, metafísica y cultura del café.

La bebida mágica que abre la puerta al intelecto

// Por Nicolás Artusi

“Todo exceso se funda en un placer que el hombre quiere repetir más allá de las leyes ordinarias promulgadas por la naturaleza”: ahí donde hubo un adicto después suele aparecer un converso. Maestro indiscutible de la novela realista y autor de La comedia humana, el pensador francés Honoré de Balzac tomaba cincuenta tazas de café por día como estímulo para su prolífica producción literaria. Acaso inspirado por Voltaire (ochenta tazas por día) o por Goethe (sesenta tazas), Balzac se convenció de que la sobredosis de café le provocaría una muerte precoz y, en un ejercicio de purgación masoquista, se obligó a masticar granos tostados y, con el pensamiento nublado por la penosa penitencia, escribió un delicioso brulote contra las infusiones, Tratado de los excitantes modernos: si es cierto que la verdadera fuerza del hombre se encuentra entre los dos excesos vitales, el intelectual o el sensual, para muchos pensadores el café fue el combustible mental que les permitió moderar la hybris y encauzar la libido. “El café produce una suerte de excitación nerviosa semejante al enojo: alzamos la voz; nuestros gestos expresan una impaciencia enfermiza; queremos que todo fluya como fluyen las ideas”, se maravilló Balzac antes de entregarse a la abstinencia estricta. Mientras la cafeína siga siendo la sustancia farmacológica más consumida del planeta, el “oro negro” será una pócima mágica que permite entender el mundo.  Sigue leyendo

Y se pusieron los pantalones

Sucesor del calzón y símbolo del poder y la masculinidad, el pantalón tardó casi 200 años en ingresar al armario de las mujeres. La historiadora feminista Christine Bard exhumó los archivos de la moda y analizó la politización de la vestimenta.

Una prenda con profundo significado social y cultural

// Por Nicolás Artusi

“Y en su casa, ¿quién tiene puestos los pantalones?”: la picaresca nacional, en la recurrencia de chistes sobre maridos, esposas y suegras, naturalizó una certeza que, ya en la época de la Revolución Francesa, le asignaba una interpretación política a la prenda: “Quien calzón tiene, poder tiene”, se decía. Los menos favorecidos estaban, literal y simbólicamente, con las nalgas al aire. Los nuevos estudios del vestido confirman que el traje no sólo refleja un orden social sino que lo crea y permite, sobre todo, el control de los individuos. Sucesor del púdico calzón, y símbolo del poder y la masculinidad, el pantalón tardó siglos en ingresar al armario de las mujeres, sometidas a la estrechez del corset y el miriñaque. Si es cierto que “la ropa masculina también es un artificio, pero un artificio más cómodo y simple: está hecho para favorecer la acción, no para entorpecerla”, durante generaciones las mujeres estuvieron privadas de derechos y con el pantalón prohibido. En su brillante libro Historia política del pantalón, ilustrado en su portada con la foto del primer traje sastre femenino confeccionado por Yves Saint Laurent (¡recién en 1967!), la historiadora francesa Christine Bard exhuma los anales de la moda, disecciona la politización de la vestimenta y arriesga: “El pantalón es el marcador de sexo y género más importante para la historia occidental de los dos últimos siglos”.  Sigue leyendo

¿Qué clase de tipo sos?

La tipografía, un mundo de altas y bajas pasiones. ¿Por qué despierta tanto odio el uso de la Comic Sans? ¿Por qué Obama decidió usar la Gotham como distintivo gráfico? Desde que se popularizó el uso del procesador de textos, las tipografías dejaron de ser un fetiche de los diseñadores gráficos y se convirtieron en un fenómeno masivo.

// Por Nicolás Artusi

El autor más leído del mundo no es Stephen King, ni William Shakespeare, ni JK Rowling: es un tal Matthew Carter. Todos leímos algo de él: es el diseñador de Verdana, el tipo de letra omnipresente que Microsoft y Google eligieron para sus textos. Hijo de un legendario tipógrafo inglés, Carter puede jactarse de su ubicuidad: sus fuentes (además de Verdana, otras célebres como Georgia, Bell Centennial o Tahoma) vienen instaladas en todas las computadoras del mundo y aparecen, tal vez, en la mitad de la publicidad occidental. Es un auténtico best-seller. Si es cierto que una expresión popular como “la fuente de todo conocimiento” remite a la época de Gutenberg y le reconoce a los caracteres móviles la virtud de transmitir los saberes universales, hoy las fuentes dejaron de ser un fetiche de los diseñadores gráficos y se convirtieron en un fenómeno masivo. Desde que se popularizó el uso del procesador de textos, cualquiera puede elegir entre más de 100.000 tipos distintos y dotar a sus letras de una personalidad propia. Ahí donde sea imposible ignorar su poder, o el carácter que le imprimen a nuestras monografías universitarias o cartas de amor, ¿qué hace que una tipografía triunfe o fracase en su misión de decir tal o cual cosa?  Sigue leyendo

Desde este mes, en El Dipló

 

Oui Oui: fundada en mayo de 1954 por Hubert Beuve-Méry, es la revista que se propone como “una voz clara en medio del ruido”. Dice Wikipedia: “Sus artículos son extensos, firmados por expertos y defendiendo opiniones bien definidas. Particularmente, la revista sostiene una visión crítica sobre los efectos de la globalización sobre el mundo y sus habitantes. Se suele considerar un medio de tendencias políticas izquierdistas. Es apodada Le Diplo por sus lectores franceses”. Entre nosotros, es El Dipló. Y desde este mes me contará entre sus páginas. La nota del debut es un extenso análisis sobre la influencia de las tipografías en la cultura contemporánea. ¡Bonjour!