La primera hija

A tono con los tiempos que corren, memoria de la noche que pasé con Ivanka Trump.

Souvenir: recuerdos de Miami

ivanka-trump

La moza es rubia y de cara pálida pero después del traspié se vuelve transparente: excedida en lo servicial, cumple involuntariamente con una vieja rutina cómica (la del camarero que tropieza, arte modesto en el que nuestros Tandarica y Tristán dictaron cátedra) y vuelca el champagne de una copa sobre el vestido de la invitada. Es uno de esos momentos leves en que el tiempo parece detenerse y en la suspensión del runrún la cara de Ivanka muta de la sorpresa a la furia y finalmente, advertida de las miradas que se posan sobre ella, a la ira contenida. La esperpéntica campaña presidencial de Donald Trump me recuerda la noche que pasé en Miami con su hija, empapada en espumante: como cualquier periodista asalariado, colado por unas horas en el lujo de las vidas ajenas. Es una fiesta de la que no puedo dar muchos detalles, sólo que el selecto círculo de las personas muy importantes está integrado por Ivanka Trump, su madre Ivana, Faye Dunaway, Verónica Castro, su hermana idéntica… y yo: entre las luminarias, un ilustre desconocido que se pregunta qué cuernos hace ahí.  Sigue leyendo

Paraísos de hoy

Un edén donde los bancos no son lo que parecen y las joyas se confunden entre el mar, el sol y los dólares.

Souvenir: recuerdos de las islas Caimán

Caimán, playa

La rutilante arquitectura del dinero nos convenció de que los bancos sólo pueden construirse de una forma (con grandes paños de vidrio, pisos de mármol y detalles en las mil versiones de lo cromado), pero acá los grandes bancos internacionales ocupan casitas de pocos pisos, con el techo a dos aguas y los tablones de madera pintados en distintos tonos pastel, amarillo-patito o rosa-flamenco. Hasta los cajeros usan sombrero panamá y ya desde que aterrizo en las Islas Caimán advierto que, aun en el centro de América, se maneja a la manera británica (por la izquierda), que el retrato regio de la Reina Isabel custodia todas las reparticiones públicas o las señales de tránsito, y que esas casitas de madera son el símbolo perfecto del dinero mal habido y bien escondido: modestas por fuera, fortalezas inexpugnables por dentro. A una hora de Miami, los empresarios advenedizos y los políticos corruptos esconden sus millones en alguno de estos trescientos bancos y si el castigo divino al pecado original fue la expulsión del Paraíso, los pecadores de hoy dotan de un nuevo sentido a la palabra porque el único paraíso que anhelan es éste, el paraíso fiscal.

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Los argentinos de Europa

Entre cerveza y cerveza, las razones por las que los irlandeses nos consideran como hermanos.

Souvenir: recuerdo de Dublín

Dublinesca

El abrazo me sorprende con la guardia baja. “¿Argentino? ¡Entonces es un amigo!”. En la mano derecha sostengo una pinta de cerveza negra y con la izquierda rodeo los hombros del desconocido: con el escaso equilibrio de un boxeador con Parkinson, la prueba me parece digna de un Guinness. En la puerta del pub, el irlandés quiere seguir con la charla efusiva y yo, que nunca dependí de la amabilidad de un extraño, trato de zafarme y me pierdo en el acento gutural que no tiene nada que ver con el inglés british que aprendí en la Cultural. Es la amistad más instantánea, y más fugaz, de mi vida porque dura lo que tardo en terminar mi vaso, más bien poco. Antes de llegar me habían advertido que los irlandeses nos consideran a los argentinos cómplices de un sentimiento: la antipatía contra los ingleses. Y si el mes que viene se cumplen treinta años del gol divino que ellos gritaron como propio, el mes pasado se cumplieron cien años del día en que se declaró la independencia que los separó definitivamente de sus vecinos del otro lado del Canal de San Jorge. En el abrazo de dos borrachines que se juran una amistad eterna que no podrá durar más de cinco minutos, el irlandés se empeña en hacer un brindis por “la manou de Dios”. Sigue leyendo

Crema americana

Hollywood Boulevard y la decadencia de una firma que fue ícono del sueño californiano.

Souvenir: recuerdo de Los Angeles

American Apparel, Bangladesh

“Hecho en Los Angeles por una mujer con seguro de salud para ella y sus tres hijos”: la etiqueta del buzo color cremita apela al orgullo del ser nacional y comunica que este trapo que cuesta 69,90 dólares no fue confeccionado en China, Laos o Vietnam. En Hollywood Boulevard, acaso la única avenida para ir a pie en una ciudad desangelada rendida a la pulsión del automóvil, la vidriera de American Apparel exhibe el póster de una veinteañera con las tetas apenas tapadas por una leyenda en tipografía con negritas: “Made in Bangladesh”. Es otra ironía de la marca que se propone como revulsiva y juvenil y que vende un pantalón al valor de un sueldo del sudeste asiático. Mientras camino de una punta a la otra, pienso que toda esta avenida es una buena síntesis del ser americano: gigantismo y espectacularidad, con el piso tachonado de las estrellas que dejaron su nombre frente al Teatro Chino y los neones cegadores aun en el mediodía. Pero el sueño americano está a un paso de convertirse en pesadilla: las montañas de basura se acumulan en las esquinas y esa marca que nació para vender al mundo la ideología californiana (prendas básicas, colores simples, tetas grandes) cae en bancarrota.  Sigue leyendo

Las vueltas del vinilo

Vinilos

Una disquería vintage, un barrio emblemático -el Greenwich Village- y una serie que retoma sus buenos viejos tiempos.

Souvenir: recuerdos de Nueva York

Con mis rutinas y rituales, soy un tipo de alta fidelidad: cada vez que vengo a Nueva York, me pierdo en la disquería donde encuentro mi lugar en el mundo. En la calle Bleecker del Greenwich Village, asordinados pero aún presentes los espíritus libertarios de los sesenta, la tiendita es un amasijo de vinilos originales, desparramados en un caos sin orden ni concierto. Las letras azul eléctrico estampadas en la vidriera anuncian su nombre y declaran sus principios: Rebel Rebel. Y cuando todavía se mantiene encendida la llama del duelo por David Bowie, que vivió y murió a pocas cuadras de acá, el disco que más se deja ver es el último compilado de sus éxitos, donde él mira en un espejo el reflejo de su rostro de los años setenta, bajo el título sardónico: Nothing Has Changed. Estoy en Nueva York para el estreno de Vinyl, la sensacional serie de Martin Scorsese y Mick Jagger, que se emite los domingos por HBO y que cuenta la saga épica y miserable, gloriosa y grotesca, de la industria discográfica en aquella década maldita y, cuando el consumo irónico o la retromanía hoy ponen de moda los vinilos (¡y los casetes!), fantaseo con cruzarme a aquellos antihéroes legendarios para que vean en qué se convirtió su barrio y si podrían afirmar que nada ha cambiado.  Sigue leyendo

Río con ganas

Ristretto, deporte y chapuzón en Río de Janeiro. Sol, playa y la lectura de las memorias cariocas de Adolfo Bioy Casares, el más dandi de todos los escritores argentinos.

Souvenir: recuerdos de Río de Janeiro

Copacabana, vereda

En pleno bochorno, tendré que revisar mis ideas sobre el calor. Como hizo Adolfo Bioy Casares, a quien el calor le parecía deprimente hasta que conoció Río de Janeiro: “Esto es una hoguera, o quizá una retorta, donde el brasileño crece, corre, grita, produce, reproduce, con celeridad pasmosa y bastante alegría”. Llego a Río, el más luminoso paraíso posible a tres horas de avión desde Buenos Aires, con un librito bajo el brazo: Unos días en el Brasil, apenas sesenta páginas en las que el más dandi de todos los escritores argentinos, aquel que se hacía llamar “señor Adolfito” por criados y camaradas aun en la senectud, descubre el milagro carioca cuando lo invitan a un congreso de literatura. La ciudad maravillosa es cercana y hospitalaria, siempre en alegre despelote: no tiene exigencias de etiqueta, modales ni prejuicios y, aunque un departamentito sobre la playa pueda costar un par de millones de dólares, el dueño maneja en sunga y havaianas un escarabajo destartalado.  Sigue leyendo

Todo al negro

Postales nostálgicas de un hotel que supo ser el corazón de Las Vegas: el célebre Flamingo.

Souvenir: recuerdos de viajes

Las Vegas, Flamingo

Un flamenco de un metro ochenta color fucsia furioso me mira fijo a los ojos y dice: “Bienvenido”. En realidad, welcome. Podría pensar que es un típico episodio de pánico y locura en Las Vegas, pero la incontable cantidad de café que tomé en el vuelo hasta acá me da por lo menos una certeza: estoy sobrio. Desde el avión, el desierto de Nevada se muestra soporífero e interminable hasta que un brillo lejano, el fulgor de un diamante sobre un paño opaco, empieza a agrandarse cada vez más: esa lucecita en el paisaje lunar tomará el tamaño de la ciudad en que nunca se hace de noche, la ciudad del pecado que sólo se asume devota de una biblia de neón. En Las Vegas, la falsa torre Eiffel convive con la falsa Venecia, a metros nomás de la falsa pirámide de Keops: el mundo se presenta disminuido en un desparramo insólito, un caos jibarizado sin orden ni concierto. Y si la sobriedad me salva de la locura cuando me habla un falso flamenco, mi breve estadía en el hotel Flamingo me transporta a una época que añoro aun sin haber vivido.  Sigue leyendo

Cambio de aire

Ser testigo de un huracán en el Caribe mexicano y escapar de él en avión para mirarlo desde arriba.

Souvenir: recuerdos de viajes

HURRICANE JEANNE

El calendario cambia de mes y también cambia el aire: el creyente en un orden universal respira aliviado. Llega el 1º de diciembre y se termina de manera oficial la temporada de huracanes, que empezó el 1º de junio y se extendió hasta el 30 de noviembre, una espada damocliana de la que nosotros, los despreocupados habitantes meridionales de este continente, no sabemos nada. Pero los americanos de más al norte planifican su vida alrededor de una posibilidad (la de la catástrofe) y ahí donde no se organizará una boda playera o una excursión escolar al Atlántico en los meses de alerta, la ironía cósmica les repetirá una y otra vez que el hombre propone pero ella dispone: este año, la tormenta tropical Ana se formó un mes antes del inicio de la temporada y a su pila de destrozos sumó el más inquietante, acaso por lo intangible: la incerteza.  Sigue leyendo

Motores fundidos

¿Qué pasó con la pujante Detroit? Postales apocalípticas de la que supo ser la gran ciudad industrial.

Souvenir: recuerdos de viajes

Detropia

Entre los vidrios rotos, los neumáticos quemados, los ladrillos partidos, los marcos sin puertas, las baldosas ajadas, las paredes agrietadas, los cascotes polvorientos, los vientos glaciales, los edificios vacíos, las lámparas apagadas, los motores fundidos, las botellas tiradas, los escombros enormes, se levanta un jardín. Podría ser poético, a la manera de la poesía de los fotógrafos de guerra que inmortalizan una flor que sobrevive en el holocausto, sino fuera casi cínico que ahí, en pleno centro de Detroit, los jefes municipales hayan decidido ocupar los baldíos con granjas: el contraste entre el cemento y las plantas es brutal y hace más desolador el vacío.  Sigue leyendo

Octubre eterno

Nostalgia del pasado soviético y las marcas del triunfo del capitalismo a los pies de Lenin.

Souvenir: recuerdos de Moscú

Lenin

La piel cerúlea es la de un muñeco: cuesta creer que ese chirolita de barba perilla haya sido el gran revolucionario. Derribado de su pedestal, posa embalsamado detrás de un vidrio blindado en el mausoleo de la Plaza Roja, junto a las paredes del Kremlin. Está acostado ahí desde 1924, inmóvil en su sueño eterno (menos los 1360 días de la Segunda Guerra Mundial en que fue trasladado a Siberia, para evitar el riesgo de que cayera en manos enemigas) y la inmortalidad lo encuentra vestido igual que en las estampitas comunistas: traje negro, camisa blanca de cuello almidonado y corbata al tono. “¡Move, move!”, grita un urso ruso: el soldado de fusil en mano balbucea un inglés elemental para indicar al turista que se mueva, que no puede detenerse delante del líder momificado, que debe mirarlo al paso. Si es cierto que Rusia es un país genial para los acontecimientos históricos pero en el que nunca existirá una vida normal, las filas de japoneses con cámaras de fotos hacen del mausoleo un mamotreto delirante: una Disneylandia fantasmal del comunismo.  Sigue leyendo