La ciudad luminosa

Montevideo

ILUSTRACION: NICOLAS BOLASINI.

Souvenir: recuerdos de viaje

En busca del tiempo perdido, un aluvión de porteños nostálgicos cruzan el río. “No estoy de acuerdo con eso de que Montevideo es como Buenos Aires hace treinta años”, me dice durante una charla de café uno de los actores uruguayos más famosos en la Argentina. Yo tampoco. La ciudad que, orgullosa del mar y del río, puso balnearios ahí donde nosotros amontonamos contenedores portuarios tiene méritos que exceden la comparación mezquina. “Es una ciudad con sus propios tiempos”, me retruca él, que justamente se hizo conocido gracias a una publicidad en la que estaba congelado en la década del 80. Tiene razón. Los porteños somos paternalistas con Montevideo: nunca terminamos de tomarla en serio y, como narcisistas irrecuperables, la definimos a partir de nosotros mismos, en un soliloquio interminable de yo, me, mi, conmigo.  Sigue leyendo

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Una luz al final del túnel

Newark 2

ILUSTRACION: NICOLAS BOLASINI.

Souvenir: recuerdos de viaje

Es la medianoche y el tren va casi vacío. Vuelvo desde Filadelfia a Nueva York después de un recital de rock y el traqueteo apenas despabila la modorra. En Trenton, la estación de la ciudad que se acuesta sobre el río Delaware, sube un matrimonio de mediana edad, los típicos blancos-anglosajones-protestantes del suburbio norteamericano salvo por un detalle: él, un cuarentón de mandíbula cuadrada y hombros fuertes, lleva un vestido negro con pedrería brillante y una peluca lacia que llega hasta la cintura; ella, una rubia de piel traslúcida, usa un traje de oficinista gris, con corbata bien anudada y zapatos lustrados. Imagino que van hacia alguna rumba en un club de Manhattan donde ellos se vistan de ellas y viceversa. Y aunque en esta noche en medio de la nada todos los gatos sean pardos (como en cualquier noche de cualquier lado) y el tren vaya casi vacío, desde otro vagón viene corriendo un negro con una Biblia en la mano que se detiene a centímetros de la pareja, lo justo para gritarles: “¡Dios los salve!”.  Sigue leyendo

Divino café

Young Pope, taza

LA TAZA DE “THE YOUNG POPE”.

Tomarse un lungo en ayunas para exaltar los espíritus. En la Santa Sede, el vino árabe no es pecado, es casi una experiencia religiosa.

Souvenir: recuerdos del Vaticano

“¿Roma? Roma es apenas un suburbio del Vaticano”. Piadosa pero ácida, la hermana Mary desmiente en un suspiro el abolengo de la ciudad eterna. Ella es la confesora de Pío XIII, el papa joven y colérico de la serie The Young Pope: un cura fanático que no se deja impresionar por los oropeles de la Santa Sede. Nomás llegar al Vaticano, el país más pequeño del mundo, uno se inclina a creer que es el mayor en densidad de guías turísticos: en apenas medio kilómetro cuadrado (¡toda su superficie!), una multitud vocea entradas a los museos y trafica dispensas para saltearse las filas. Mi fe catódica a The Young Pope, la serie de la que me hice feligrés, me devolvió el recuerdo de Eliasit, la guía venezolana que me prometió una caricia del Papa a cambio del sacrificio de levantarme al alba del día de la audiencia pública, un miércoles de hace un par de años. Sigue leyendo

Un futuro de hormigón

Una brisa fría por las calles de San Pablo descubre su costado más posmoderno y desangelado.

Avenida Paulista

EL PISO DE LA AVENIDA PAULISTA.

Souvenir: recuerdos de San Pablo

Un viento helado recorre los tres kilómetros de la avenida Paulista: gris y desangelada, tiene la monumentalidad vacía de un parque soviético. Si en la Argentina, cada vez que llega el frío, se dice que viene una ola polar, en San Pablo se dice que viene “una ola argentina”: una maldición austral que desafía a burletes y peluquines. La avenida Paulista, orgullo comercial de la ciudad que se jacta de sus helicópteros y helipuertos para millonarios, tiene la elegancia demodé de un golem al que no le consiguen ropa a medida. Los edificios acristalados, las torres de radio, las veredas amplísimas o las columnas rojas del Museo de Arte se interrumpen con esculturas informes que vuelven proféticas las palabras que Adolfo Bioy Casares escribió hace más de cincuenta años: “El mundo oficial brasilero está entregado de pies y manos a cuanto cubista, concreto o abstracto, le proponga sus mamarrachos”.  Sigue leyendo

Confesiones de una máscara

Un viaje con Barthes a México y su máxima expresión de la teatralidad: la lucha libre.

Souvenir: recuerdos de CDMX.

Místico

MISTICO.

Envuelto en un halo beatífico, deja el ring hecho un chiquero pero él no se ensucia los zapatitos blancos. La máscara, también blanca, está ornamentada con rayos dorados y esta noche en que Místico se enfrenta a Atlantis, los mandobles y las patadas parecen capaces de separar los océanos. Si es cierto que la principal virtud del catch es la de ser un espectáculo excesivo, en el ringside del Arena México soy salpicado con las gotas de sudor oceánico de Atlantis pero aunque una llave pueda inmovilizarlo por algunos segundos Místico ni transpira: es puro éxtasis religioso. Los espectadores (¡somos miles!) consentimos un pacto de silencio aun en el estruendo de la multitud: suspendemos la incredulidad porque en la lucha libre, como en el teatro, se confía a ciegas en la virtud de todo espectáculo: sólo importa lo que se ve.  Sigue leyendo

Varados en el paraíso

Un chapuzón bautismal en el mar, luego de una semana de lluvias en la “Polinesia brasileña”.

Souvenir: recuerdos de viajes

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ILUSTRACION: NICOLAS BOLASINI

La promesa de una Polinesia a dos horas de avión desde casa es tan seductora como incierta: ávidos de calor después de un frío largo, aterrizamos en San Pablo y alquilamos un auto para viajar más hacia el norte hasta Itamambuca, el paraíso de arenas blancas y aguas crespas en las afueras de Ubatuba, la ciudad que tapona con mata atlántica la playa casi virgen. Diogo, un amigo paulista que vive en Buenos Aires, me cuenta que le dicen “la Polinesia brasileña” por sus paisajes fabulosos y sus mares cristalinos. Pero la fantasía del veraneante verdoso que retoza al sol y resucita de entre los muertos se frustra ya desde la ruta, casi invisible por los baldazos de agua dulce que caen desde el cielo. Todavía es temprano para saberlo, pero el tiempo será implacable: no parará nunca. En angustiosa ronda de consultas con los baquianos, se nos devela que a la ciudad de Ubatuba los conocedores le dicen Uba-chuva: llueve siempre.  Sigue leyendo

Rojo y negro

Manchester y la nostalgia como atractivo turístico: del pasado áspero y rockero a los hoteles de lujo.

Souvenir: recuerdos de viajes

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THE SMITHS

El ladrillo rojo es inconfundible aunque en mi memoria perdure con el tono grisáceo que resulta del blanco y negro: incluso oscurecido por el humo de las chimeneas, el frente del Salford Lads Club se levanta imponente, pero no tanto como en mi febril imaginación juvenil. Sigue siendo un centro deportivo donde los pibitos juegan al fútbol o practican boxeo para mantenerse alejados de las calles y ahí mismo se pararon los Smiths alguna tarde del verano del 86, justo debajo del cartel de la calle Coronation, con los jopos bien erguidos y los sacos recién planchados, para el póster de su disco The Queen Is Dead. Pero treinta años después la reina sigue viva y Manchester, la ciudad más dura y áspera de Inglaterra, es un ejemplo de gentrificación: las viejas fábricas que vieron nacer la Revolución Industrial albergan lofts que cotizan en cientos de miles de libras y ahí donde los desclasados ochentosos posaban con cara de chicos malos hoy se congregan los turistas, que añejan aún más el rojo del ladrillo gracias a un filtro de Instagram.  Sigue leyendo

La primera hija

A tono con los tiempos que corren, memoria de la noche que pasé con Ivanka Trump.

Souvenir: recuerdos de Miami

ivanka-trump

La moza es rubia y de cara pálida pero después del traspié se vuelve transparente: excedida en lo servicial, cumple involuntariamente con una vieja rutina cómica (la del camarero que tropieza, arte modesto en el que nuestros Tandarica y Tristán dictaron cátedra) y vuelca el champagne de una copa sobre el vestido de la invitada. Es uno de esos momentos leves en que el tiempo parece detenerse y en la suspensión del runrún la cara de Ivanka muta de la sorpresa a la furia y finalmente, advertida de las miradas que se posan sobre ella, a la ira contenida. La esperpéntica campaña presidencial de Donald Trump me recuerda la noche que pasé en Miami con su hija, empapada en espumante: como cualquier periodista asalariado, colado por unas horas en el lujo de las vidas ajenas. Es una fiesta de la que no puedo dar muchos detalles, sólo que el selecto círculo de las personas muy importantes está integrado por Ivanka Trump, su madre Ivana, Faye Dunaway, Verónica Castro, su hermana idéntica… y yo: entre las luminarias, un ilustre desconocido que se pregunta qué cuernos hace ahí.  Sigue leyendo

Paraísos de hoy

Un edén donde los bancos no son lo que parecen y las joyas se confunden entre el mar, el sol y los dólares.

Souvenir: recuerdos de las islas Caimán

Caimán, playa

La rutilante arquitectura del dinero nos convenció de que los bancos sólo pueden construirse de una forma (con grandes paños de vidrio, pisos de mármol y detalles en las mil versiones de lo cromado), pero acá los grandes bancos internacionales ocupan casitas de pocos pisos, con el techo a dos aguas y los tablones de madera pintados en distintos tonos pastel, amarillo-patito o rosa-flamenco. Hasta los cajeros usan sombrero panamá y ya desde que aterrizo en las Islas Caimán advierto que, aun en el centro de América, se maneja a la manera británica (por la izquierda), que el retrato regio de la Reina Isabel custodia todas las reparticiones públicas o las señales de tránsito, y que esas casitas de madera son el símbolo perfecto del dinero mal habido y bien escondido: modestas por fuera, fortalezas inexpugnables por dentro. A una hora de Miami, los empresarios advenedizos y los políticos corruptos esconden sus millones en alguno de estos trescientos bancos y si el castigo divino al pecado original fue la expulsión del Paraíso, los pecadores de hoy dotan de un nuevo sentido a la palabra porque el único paraíso que anhelan es éste, el paraíso fiscal.

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Los argentinos de Europa

Entre cerveza y cerveza, las razones por las que los irlandeses nos consideran como hermanos.

Souvenir: recuerdo de Dublín

Dublinesca

El abrazo me sorprende con la guardia baja. “¿Argentino? ¡Entonces es un amigo!”. En la mano derecha sostengo una pinta de cerveza negra y con la izquierda rodeo los hombros del desconocido: con el escaso equilibrio de un boxeador con Parkinson, la prueba me parece digna de un Guinness. En la puerta del pub, el irlandés quiere seguir con la charla efusiva y yo, que nunca dependí de la amabilidad de un extraño, trato de zafarme y me pierdo en el acento gutural que no tiene nada que ver con el inglés british que aprendí en la Cultural. Es la amistad más instantánea, y más fugaz, de mi vida porque dura lo que tardo en terminar mi vaso, más bien poco. Antes de llegar me habían advertido que los irlandeses nos consideran a los argentinos cómplices de un sentimiento: la antipatía contra los ingleses. Y si el mes que viene se cumplen treinta años del gol divino que ellos gritaron como propio, el mes pasado se cumplieron cien años del día en que se declaró la independencia que los separó definitivamente de sus vecinos del otro lado del Canal de San Jorge. En el abrazo de dos borrachines que se juran una amistad eterna que no podrá durar más de cinco minutos, el irlandés se empeña en hacer un brindis por “la manou de Dios”. Sigue leyendo