Recuerdos de África, el continente olvidado

Gael Faye 1

GAËL FAYE.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Las matanzas, las masacres, las guerras, los pogromos, las depuraciones, las destrucciones, los incendios, las moscas tsé-tsé, los pillajes, las segregaciones, las violaciones, los asesinatos, los ajustes de cuentas y no sé cuántas cosas más: la vida en África era (¿es?) una tragedia. Por eso, la publicación de Pequeño país, la conmovedora primera novela de Gaël Faye, el joven que pasó de rapero mestizo a estrella literaria, es una módica revolución. Distinguida con el premio Goncourt des Lycéens, vendió más de setecientos mil ejemplares sólo en Francia y se tradujo a treinta idiomas con la desgarradora fábula de Gaby, un alter ego del autor, y los recuerdos de su infancia en Burundi, la guerra civil, la huida a Francia y todo aquello que sucede a los que escapan: la pobreza, la exclusión, las cuotas, la xenofobia, el rechazo, los chivos expiatorios, la depresión, la añoranza del país y la nostalgia. Según Faye, “problemas de refugiados”. 

Hijo de una ruandesa y un francés, él debió abandonar la infancia idílica de “ese pedazo del África central colgado en las alturas” y empezar una nueva vida en Europa, donde el color café con leche de su piel siempre lo hizo sentirse distinto. “No soy blanco pero tampoco negro. He vivido en las calles polvorientas de Burundi y en las avenidas aristocráticas de Versalles. Hago rap, pero estudié ciencias económicas y trabajé en un fondo de inversiones en la City de Londres”, se presenta. Ahí donde lo híbrido sea un carácter de la época, el mestizaje se traslada a su literatura. Con las luces y las sombras de una nación adolescente contada a través de la vida cotidiana de unos pocos personajes, Pequeño país tiene un tono poético y lírico, a veces casi infantil, aunque describa algunos horrores mayores: la marea incontenible de odio y violencia entre las tribus hutus y tutsis y la desgracia eterna de África, el continente olvidado.

“Te darás cuenta de que he escrito esta novela para que surja un mundo olvidado, con sus sabores, sus colores y sus olores; para gritar a los cuatro vientos que hemos existido, con nuestras vidas sencillas, nuestras rutinas y nuestro aburrimiento, que teníamos una felicidad que sólo aspiraba a mantenerse, antes de ser expedidos a cada rincón del mundo y convertirnos en una panda de exiliados, refugiados, inmigrantes, migrantes”, escribió Faye en una carta abierta a Gino, su mejor amigo de la infancia y personaje importante de Pequeño país. Acaso lo peor de ser refugiado sea eso que queda atrás: no sólo la nostalgia por las cosas concretas (el perfume a citronela de las calles, las expediciones en busca de mangos o las siestas al amparo de los mosquiteros) sino la certeza de que la vida ya nunca podrá ser sencilla, apacible o banal.

Hoy reparte sus días entre París y Kigali, la capital de Ruanda: en eterno tránsito, Faye todavía conserva la mirada de un niño que crece en dos mundos. Sin el exotismo de las novelas que muestran África con la naturaleza incontenible de la National Geographic, Pequeño país ya es uno de los libros del año: una elegía a todo lo que se pierde cuando la Historia con mayúsculas ingresa en la pequeña historia de uno y la cambia para siempre.

Publicado en La Nación

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