El niño que se viste de princesa y sueña con ser reina

Desmond is Amazing

DESMOND IS AMAZING.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Es modelo. Es artista. Es drag queen: nació como varón pero ahora se viste de mujer y dice que el suyo es un “género fluido”. Tiene diez años. Para mayor sorpresa, su nombre artístico es Desmond is Amazing (“Desmond es asombroso”) y después de ganar las redes sociales, donde miles de personas lo miran desfilando para grandes marcas de moda o bailando el clásico Vogue de Madonna, ya conquistó New York: la ciudad y la revista homónima, que lo definió como “alguien más cool que usted”. Nacido como Desmond Napoles durante la semana del orgullo gay de 2007 en un hospital del Greenwich Village, él construye su biografía como un producto de la época: dice que es “un miembro por defecto de los Village People”, que es el activista LGTBQI más joven del mundo y que aquel día de una década atrás no lo dieron a luz sino que lo sacaron del clóset. 

También dice que si tuviera que elegir uno solo de todos sus talentos ése sería: la gracia para desfilar por la pasarela. Desde chico disfruta vistiéndose de mujer y el colmo de la alegría fue para su sexto cumpleaños, cuando le regalaron el vestido de Elsa, la princesa de la película Frozen. Dos años más tarde debutaba en el reality RuPaul’s Drag Race, que acá se ve por Netflix y que tiene una legión de fanáticos irreductibles, y a bordo de una carroza en la Marcha del Orgullo Gay. Aún no llega al metro cincuenta, pero Desmond se define: “Soy artista, drag kid, abanderado de la causa LGTBQI, joven gay y deslenguado, modelo publicitario, orador, fundador de mi propia casa drag, diseñador de moda, muso e icono”. Tiene representante, secretaria y una agenda cargadísima que se reparte entre sus distintos proyectos: Haus of Amazing, un centro comunitario para niños trans, The Amaziest Magazine, una revista sobre identidad sexual infantil, una colección de ropa, una línea de cosméticos, una serie de videos y cantidad de objetos que replican su cara de ojazos marrones, siempre con pestañas postizas, labios pintados y peluca extravagante.

“Un prodigio drag de sólo diez años”, lo presentó en sociedad la revista Vogue y esas palabras de la legendaria Anna Wintour fueron bautismales: en una ciudad que vive desesperada por escuchar el último grito de la moda, un artista drag que todavía no llegó a sexto grado de la primaria logra la combinación de exotismo y diversidad que adoran las tertulias televisivas y las revistas de interés general. Hoy se lo disputan marcas, desfiles y fiestas. Sin despegarse de su teléfono (dice que responde personalmente cada uno de los mensajes de niños trans que le envían desde Holanda hasta México), parece un arquetipo de estos tiempos en que se valora ser veloz, precoz y fugaz.

Desmond es asombroso: controla sus emprendimientos, calcula sus apariciones públicas y dirige a sus asistentes. Como toda persona importante, tiene algo de pequeño gran dictador. “¿De dónde sale la autoconfianza y la fuerza interna para ser así?”, le preguntan en la revista New York y él, mirando desde unos zapatos con plataforma que deben pesar por lo menos la mitad de sus veinticinco kilos, responde con suficiencia: “De mi fabulosidad”. 

Publicado en La Nación

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