Yo acuso: el escritor que burló la censura de Corea del Norte

Bandi

“LA ACUSACION”, DE BANDI.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

“Cincuenta años en esta tierra del norte, viviendo como un autómata, como un humano sometido al yugo, he escrito estas historias, no animado por el talento sino por la pura indignación, no con tinta y pluma sino con los huesos calados de sangre y de lágrimas”: con estas crudísimas palabras se presenta Bandi, un escritor de Corea del Norte que denuncia todo lo atroz de la vida diaria en el país más aislado del mundo. El de Bandi es un seudónimo (en coreano, la palabra significa luciérnaga y él se asume como un bicho de luz en un mundo de oscuridad) y del hombre detrás del apodo se sabe poco y nada, sólo que hace unos años consiguió sacar del país un manuscrito con un puñado de cuentos que llegaron escondidos a Corea del Sur. Por eso, la publicación de La acusación, que acaba de salir acá, es un fenómeno editorial y un documento histórico: siete fábulas pesadillescas que escaparon en forma clandestina y que muestran el absurdo de una dictadura que obliga a sonreír a punta de pistola. 

En la capital, un niño llora cada vez que pasa frente al retrato enorme de Karl Marx porque piensa que es Obi, un golem de la mitología coreana; en el interior, un hombre trata de viajar a su pueblo natal para despedirse de su madre moribunda pero la burocracia lo deja a pie. Los cuentos de Bandi tienen la atmósfera opresiva de El proceso, de Kafka: el sistema aplasta al individuo pero, en el colmo de la ironía, los comisarios políticos imponen una alegría forzada (o el campo de concentración). “La ley exige que la gente sonría pese a sus sufrimientos y cada uno debe tragarse solo su amargura”, escribe Bandi y sus textos destilan el terror de la desconfianza: para el poder, detrás de ese rostro donde se vea un ceño fruncido o una boca contraída podrá esconderse un “enemigo de la revolución”.

Pero, ¿quién es Bandi? Sólo se sabe que nació en la provincia de Hamgyeong y que la guerra de 1950 marcó su infancia. Con un talento natural para escribir, el régimen lo obligó a trabajar como obrero y durante las hambrunas de los 80 y 90, cuando murieron varios de sus amigos y familiares, se dio cuenta de lo revulsiva que podía ser la literatura. “De vez en cuando llegan escritores de Corea del Norte, se exilian en el Sur y publican textos contra el régimen, pero todavía no teníamos ningún ejemplo de un autor que, pese a permanecer allí, denuncie, poniendo en riesgo su vida, los crímenes de ese gobierno tiránico y antidemocrático”, escribió Kim Seong-Dong, periodista del Sur. Como portavoz de un sufrimiento que es individual, pero también colectivo, Bandi recuerda a Aleksandr Solzhenitsyn, el Nobel de Literatura ruso que consiguió que su novela Archipiélago Gulag cruce a Occidente para denunciar los crímenes del comunismo soviético.

Una pariente que se escapó a través de China permitió que los manuscritos de Bandi lleguen a Corea del Sur y desde ahí, al mundo. Como una luciérnaga que se apaga, él sigue inmerso en un mundo de oscuridad: “Denuncio que esta luz es, en realidad, una noche sin luna”, escribe. En los cuentos de La acusación, las tragedias diarias tienen la atmósfera ominosa de una pesadilla: podría ser una novela perfecta de Kafka si no fuera que la realidad es más cruel que la literatura.

Publicado en La Nación

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