El deporte como verdadero esperanto

Arabia futbol

EL FUTBOL, UN FUROR UN ARABIA.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

¿Cómo se dice gol en árabe? Aunque la celebración inminente del Mundial en Rusia nos impida aún imaginar el de Qatar (no se piensa en el verano cuando cae la nieve, dice el poeta), algunos previsores ya están estudiando el idioma. El deporte, ese lugar en el que el hombre se enfrenta no sólo al hombre sino a la resistencia de las cosas, como dijo Roland Barthes, es una de las industrias de entretenimiento más importantes del mundo: ya no sólo se trata de competencia o autosuperación sino de soft power, el poder blando de los artefactos culturales. Por eso, la noticia de que As, el periódico deportivo más popular de España, lanza una nueva edición en árabe dice mucho del fútbol como espectáculo: cuatro años antes de Qatar 2022, y ahí donde los equipos se convierten en franquicias de explotación mundial, el diario se traduce al idioma de Mahoma con un lema indiscutible: “El deporte es el verdadero esperanto”. 

El anhelo trunco de un idioma universal finalmente se concreta gracias a un juego que entienden todos: veinticinco países del Medio Oriente y el norte de África ya pueden leer las noticias del Barcelona y el Real Madrid en árabe, una lengua que comparten cuatrocientas millones de personas y que está muy poco representada en los contenidos globales. Publicado por la empresa dueña del diario El País, y en coproducción con Dar Al Sharq, el principal multimedios de Qatar, As es el primer medio español que se publica en árabe. Si es cierto que no existe casi nadie que no conozca a Messi, a Ronaldo o a Maradona (que dirigió, justamente, un equipo en los emiratos), el deporte ofrece un star-system más global que el cine, las redes sociales o la música.

En China, el país que se anuncia como la mayor potencia del siglo XXI, existe una cuota estatal que permite estrenar sólo diez películas extranjeras por año y está vedado el acceso a Facebook o Twitter, pero nadie prohíbe la televisación de los partidos de fútbol (más aún: el encuentro de la liga argentina de los domingos a la mañana se programó pensando en el prime time de allá, con el objetivo de multiplicar los chinos que se hagan hinchas de Boca o de River). En países de Medio Oriente o en algunas regiones de la India, donde la censura ejerce un control estricto sobre los contenidos culturales de Occidente, se promueve el consumo del fútbol aunque se prohíban series, películas y canciones que puedan ofender las costumbres sexuales o cuestionar las directrices políticas. Sin riesgos morales ni afinidades ideológicas, el deporte como esperanto es un contenido blando para países con mano dura: lo único que puede salirse de libreto es un penal mal cobrado o una goleada insólita.

La noche de la final del Mundial, no bien se apaguen las luces del Estadio Olímpico Luzhnikí en Moscú, los ansiosos empezarán a calcular la cuenta regresiva para Qatar: aunque a nadie le importe que gol se diga celo en esperanto, muchos aprenderán que en árabe se dice hadaf. Con un rectángulo verde como escenario, el fútbol es la reencarnación del drama: en la victoria, la derrota o el empate, un espectáculo ligero que promete muchas emociones y pocos riesgos.

Publicado en La Nación

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