La ciudad luminosa

Montevideo

ILUSTRACION: NICOLAS BOLASINI.

Souvenir: recuerdos de viaje

En busca del tiempo perdido, un aluvión de porteños nostálgicos cruzan el río. “No estoy de acuerdo con eso de que Montevideo es como Buenos Aires hace treinta años”, me dice durante una charla de café uno de los actores uruguayos más famosos en la Argentina. Yo tampoco. La ciudad que, orgullosa del mar y del río, puso balnearios ahí donde nosotros amontonamos contenedores portuarios tiene méritos que exceden la comparación mezquina. “Es una ciudad con sus propios tiempos”, me retruca él, que justamente se hizo conocido gracias a una publicidad en la que estaba congelado en la década del 80. Tiene razón. Los porteños somos paternalistas con Montevideo: nunca terminamos de tomarla en serio y, como narcisistas irrecuperables, la definimos a partir de nosotros mismos, en un soliloquio interminable de yo, me, mi, conmigo. 

Tengo la teoría de que los argentinos queremos a los uruguayos mucho más que ellos a nosotros. Es comprensible: somos insufribles. Los tratamos con la condescendencia de un hermano mayor exigente que insiste en demostrar que el mundo moderno va a otro ritmo, que el apuro es inevitable y que en las grandes ciudades ningún auto frena al llegar a una esquina sin semáforo: como la moda o la tecnología, te pasa por encima. Recuerdo un mayo como éste, caluroso de tan húmedo, paseando por la feria de Tristán Narvaja en búsqueda de libros antiguos. Entonces confundí autenticidad con pintoresquismo: lo que se vende ahí (un muestrario infinito de baratijas, desde tazas cachadas hasta zapatos sin par) es viejo, no vintage. Es que Montevideo no tiene Soho ni Hollywood: crecidos en la especulación simbólica, adoramos el artificio. De ese viaje recuerdo una discusión memorable. Con mis amigos queríamos comer pizza sin bajar del auto y para eso manejamos hasta el parque Rodó: ya con las mozzarellas y la cerveza desparramadas sobre los tapizados, nos enzarzamos en un berrinche histórico con un amigo uruguayo. El restaurante se llama Rodelú y él, como todos, le dice “el Rodelú” y nosotros que no, que no: como el nombre es un acrónimo de República Oriental del Uruguay, insistimos en que estaba equivocado, que la palabra república es femenina y que entonces debería ser “la Rodelú”. Por el género del artículo casi nos vamos a las manos pero lo importante es que la anécdota muestra la soberbia impúdica de los visitantes: aun con cierta lógica, quisimos enseñarles a los locales como se llaman las cosas de ellos.

Championes, botijas, frankfurters. Inclusive con un sol rabioso, en Montevideo siempre parece que está nublado y eso es glorioso para los que nos regodeamos en el ánimo otoñal. Entre mis fantasías menos ambiciosas y, por eso mismo menos probable que se cumplan, está perder el tiempo en Montevideo acompañado por el libro más maravilloso que se escribió en esa ciudad (La novela luminosa, de Mario Levrero), persiguiendo ediciones raras de Rosa Chacel y alimentándome a mate, bizcocho y palmitas. Merece.

Publicado en Brando

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