La revolución (sexual) será televisada

Liberated

“LIBERATED”.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

La semana que viene, cientos de miles de estudiantes universitarios estadounidenses tomarán sus vacaciones de primavera (Spring Break, en inglés) en las playas más cálidas de su país o de México. ¿Por qué debería importarle a usted? Porque esos siete días de vacaciones resumen el protocolo sexual de la época. Esa es la tesis de Liberated: The New Sexual Revolution, un revelador documental que se estrenó en Netflix y que pone el foco en las hordas de veinteañeros (ellas y ellos, tan obsesionados con sus cuerpos como rendidos al flirteo virtual) que suman coitos con la misma fruición con que acumulan likes. Si es cierto que nada prepara a los jóvenes para los desafíos de la intimidad y la identidad en el mundo de hoy (como dice Benjamin Nolot, el director de la película), en su búsqueda desenfrenada de la experiencia física puede advertirse un síntoma de abulia o desesperación. 

“Tal se hizo famosa por un video porno: de eso se trata nuestra generación”, dice a cámara un estudiante erotómano antes de salir de cacería. En Florida o en Cancún, el Spring Break concentra a multitudes juveniles en fiestas playeras no muy distintas a cualquiera de las que se hicieron en los balnearios de acá en la temporada que recién terminó. ¿El sexo ya no significa nada? Mandatados por la satisfacción instantánea o la proeza deportiva, ellas y ellos se hicieron adultos adentro de una cultura hipersexualizada que fomenta la relación fugaz. “¿Qué cualidad te atrajo de ella?”, pregunta Nolot a un estudiante que no tardó demasiado en llevar a una chica a la cama. Respuesta: “Era fácil” (todo el trámite, desde el principio hasta acabar, duró veinte minutos; él no llegó a retener el nombre de ella). Se dice que la gran diferencia con la revolución sexual de los años 60 es que ahora se renunció al amor. El sexo es un producto, un número o un reto.

En la historia contemporánea de la masculinidad, todos los artefactos culturales (películas, videojuegos, deportes o pornografía) transmiten un mismo paradigma: ser hombre es ser poderoso. Se trata de rendir, con la lógica del acumulador y la fuerza del macho alfa. Entre el muchacherío de vacaciones, el sexo no es expresión de afecto ni acto íntimo: es un atributo, público o colectivo, para reforzar la autoestima. Por eso vale más la cantidad que la calidad (en la Argentina, el aviso del verano de una proveedora de Internet reforzó el cliché: en Mar del Plata, un grupo de amigos varones sólo se conecta para sumar relaciones con mujeres como quien acumula millas, unidos por el viejo adagio que promete “si nos organizamos… comemos todos”). La hipersexualización llega hasta las redes sociales, los medios, la cultura y la publicidad, que moldean las concepciones de género según las cuales se repite que los hombres salen a cazar y las mujeres esperan ser cazadas.

Aun a riesgo de spoilear (abandone aquí la lectura si no quiere saber nada más), la película termina mal: con una violación colectiva en la playa grabada con un celular. En Liberated, las turbas liberadas no admiten el cortejo, el romance o la negativa. El sexo crudo dura lo que dura un videíto porno y, como en las redes sociales, no existe la opción de decir “no me gusta”.

Publicado en La Nación

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