Verano del 88: el fin de la inocencia

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ALBERTO OLMEDO.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

El 5 de marzo de 1988 me levanté temprano. Tempranísimo. Era sábado pero la ansiedad no me dejaba dormir: era el día de mi cumpleaños y mi madre me había prometido un regalo que yo quería desde hacía muchísimo tiempo (cumplió). Ese sábado de felicidad privada quedó grabado porque, a la mitad de la mañana calurosa, se conoció la tragedia pública: el Claun se había matado. En un acto inexplicable, cayó del balcón de un piso once y murió frente al mar. En mi casa se lloró como se llora por la orfandad que provoca la muerte de un artista al que se admira mucho. Y mañana, como todos los años, volveré a recordar ese cumple agridulce de ídolos caídos. “Treinta años después parece que han perdido la forma humana y persisten como leyendas, en los bares, un poco afantasmados entre la gente”, escribe Camilo Sánchez en su adictiva novela La Feliz, recién publicada, que cuenta la saga trágica del verano del 88 como metáfora del final de una época. 

Se dice que el derrumbe empezó en febrero. El Campeón, el más exitoso de todos los boxeadores argentinos, asesinó a su esposa tirándola por el balcón de una casa prestada. Tres semanas después, el Claun cayó al vacío. Y entre ellos, el Langa, un actor de segunda, íntimo de los ídolos, que tuvo una cercanía sospechosa con las dos tragedias. Con estos personajes (y la Rubia, la Morocha, la Mística, el Segundo y muchos otros), Sánchez ubica en Mar del Plata un trauma nacional: “¿Dónde estaban las señales que nadie pudo intuir en aquel fatídico verano del 88?”, se pregunta. Los nubarrones anunciaban la hiperinflación, la crisis energética, la transición política nada pacífica. Para muchos, fue el verano que marcó el fin de la inocencia (para mí también: al verano siguiente mi vida cambiaría para siempre pero éste no es el espacio para contar por qué).

Con una escritura urgente, acaso una herencia de sus años como periodista de redacciones en los que cubrió largas temporadas veraniegas en Mar del Plata, Sánchez construye una fábula que prescinde de nombres propios. No los necesita. Los ídolos caídos son constitutivos de toda mitología popular y, aunque pueda ser un pasatiempo para la playa asignarles apellido (¿la Diva que le enseñó a leer al Campeón mientras franeleaban fuerte es…?), esta parábola tiene ecos universales. Si es cierto que el camino a la fama no significa nada si no hay una misión, las tragedias de los famosos resumen la soledad de los número uno, la crueldad de un ambiente desalmado, la fugacidad del éxito y las traiciones de los amigos del campeón.

“Nadie tenía idea de que el naufragio o lo que fuera estaba ahí nomás, unos meses más tarde”, escribe Sánchez en La Feliz, con la profética alegoría marítima de todo el que creció en la playa (él nació ahí, en Mar del Plata). Ese verano del 88 tenía electricidad en el aire: era el presagio de las tormentas que vendrían. Mañana se cumplen treinta años del día en que el Claun colgó la peluca y la túnica de manosanta. Pero yo, entre una multitud de feligreses, seguiré santiguándome en las eternas repeticiones de sus gracias cada vez que él vuelva a decir “y… ¡si no me tienen fe!”.

Publicado en La Nación

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