El sistema de la moda al desnudo

Desnudo

“DESNUDO”.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

“¿Tu representante te dijo que vas a estar desnuda?”. La pregunta es lo primero que escucha la modelo cuando entra al estudio del fotógrafo. Y no, no le dijo. Tras algunos segundos de duda, acepta sacarse la ropa y después de ella vendrá otra, y otra más. Rubias, morenas, pelirrojas: todas posan al natural frente a la cámara de David Bellemere, un famoso fotógrafo francés de 45 años, habitué de las tapas de revistas como Lui, Vogue, Elle o Marie Claire, en cuya obra se enfoca Desnudo, el documental que acaba de estrenarse en Flow. “Parece una obsesión”, dice alguien sobre la manía de Bellemere por retratar a mujeres jóvenes sin ropa y en el trabajo del artista, a veces amoroso y a veces sádico casi hasta la tortura, se refleja un debate de actualidad rabiosa: los límites difusos entre la exigencia y el abuso. 

Si fuera cierto el dicho del tango, que primero hay que saber sufrir para después amar, estas chicas jovencísimas pagan por adelantado sus derechos de piso. La promesa es llegar a top models para conseguir el amor como se entiende ahora: la adoración ajena (o unos cientos de miles de seguidores en redes sociales, que es básicamente lo mismo). El documental muestra el proceso artístico para realizar un calendario sofisticado de desnudos para el que se anotan dos mil postulantes de las que quedarán, lógico: doce, una por mes. Al principio se trata de “desnudos muy cuidados”, como diría el lugar común de cualquier viejo productor, pero después las cosas se enrarecen. “Hay algo encantador y seductor en descubrir a alguien”, asume Bellemere, un admirador entusiasta de las mujeres que busca en Instagram a chicas lindas con menos de quinientos seguidores. En su vocación de Pigmalión, el hallazgo pasa por convencerlas de desnudarse ante la cámara para transformarlas en otra cosa: mujeres sin voluntad ni contenido, estatuas de piel y hueso. El fotógrafo se convierte en un escultor de lo intangible: modela sus Venus con imágenes compuestas por millones de píxeles.

“Cuando veo un cuerpo lo veo como una forma que amo pero que a veces debo corregir”, dice Bellemere y la cámara de Tony Sacco, director de Desnudo, enfoca las evidencias sutiles del hostigamiento que el artista ejerce sobre sus modelos: las congela en una pose dolorosa, las reprende con palabras agrias, las envuelve en hilos filosos hasta hacerlas sangrar. Con la excusa creativa, el fotógrafo se transforma en un pequeño gran dictador. “El suyo es un proceso de sumisión”, reconoce el editor que contrató a Bellemere para fotografiar el calendario: “Su método es romper a las modelos y armarlas de nuevo”.

En el negocio de la música se dice que los autos de los productores están tapizados con la piel de los artistas: la moda es una industria construida con mujeres de arcilla. Y aunque el afán de Desnudo no sea la denuncia, es valioso como documento de época porque confronta las distintas percepciones de la desnudez en el arte y muestra la agonía de un sistema infame donde un hombre en posición de poder somete a las mujeres hasta la vergüenza moral o el calvario físico. Lo que es moda no sólo incomoda: a veces, también duele.

Publicado en La Nación

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