El club de lectura de Bowie

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DAVID BOWIE.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

En la tapa, David Bowie mira de costado en un primerísimo primer plano: los ojos oblicuos, el jopo oxigenado y los labios fruncidos que no dejan ver sus famosísimos dientes torcidos, los incisivos metidos hacia adentro y los caninos salidos para afuera. Es la portada de El hombre que cayó en la Tierra, la fabulosa novela de ciencia ficción que en 1976 se convirtió en película justamente con Bowie como extraterrestre. Y era uno de los libros favoritos del Duque Blanco. Por eso, la noticia de que su hijo, el director de cine Duncan Jones, abre un club de lectura basado en las preferencias del padre me entusiasma y me emociona: Bowie, el único artista al que lloré el día de su muerte y por el que fui capaz de hacerme un tatuaje (el rayo de Aladdin Sane en mi brazo derecho), era un lector hambriento. Me corrijo, no leía: devoraba un libro por día. 

“Mi papá era una bestia leyendo”, escribió Duncan en Twitter: “Una de sus grandes pasiones eran los diarios de Peter Ackroyd sobre la historia de Gran Bretaña y sus ciudades. Tuve un creciente sentido del deber de encarar la misma maratón literaria en tributo a papá. Tiempo cumplido”. En el nombre del padre, el primer libro a leer en el David Bowie Book Club fue La sombra de Hawksmoor, de Ackroyd, la parábola de un arquitecto del siglo XVIII que exigía sacrificios humanos para construir sus iglesias y de un detective de los años 80 que investiga los crímenes en esos mismos templos. Hubo tiempo para leerlo hasta hace tres días: como en cualquier club de lectura, éste es el momento del debate (que se discute en Twitter, alrededor del hashtag #BowieBookClub) mientras se espera el anuncio de un nuevo título, alguno de los cien favoritos de Bowie, que tenía una biblioteca monumental en su dúplex de la avenida Lafayette, en el bajo Manhattan.

A unos pocos metros de su casa está la librería McNally Jackson, sobre la calle Prince: curiosamente o no, el nombre de otro artista amado que nos dejó el mismo año que él. Dice la leyenda que Bowie la visitaba todos los días para comprar un libro nuevo. Son incontables las tardes que pasé allí en cada visita a Nueva York, dejando irse la tarde mientras leía en la cafetería y miraba la puerta de reojo con el corazón ansioso. Pero nunca pude verlo (también sabía que Bowie compraba café en el bar La Colombe, justo enfrente de su casa, y mis guardias ahí mismo aumentaron peligrosamente mi nivel de cafeína en sangre, o más bien: de sangre en cafeína). Quiso el destino que justo estuviera en Nueva York aquel helado enero del 2016 cuando murió: como otros miles, hice el duelo en el santuario improvisado en la puerta de su casa, repleto de flores, banderas, discos… y libros.

Tres años antes de su muerte, el sitio oficial de Bowie había revelado sus cien libros favoritos, desde La Ilíada, de Homero, hasta La maravillosa vida breve de Oscar Wao, de Junot Díaz. Si el padre leía uno por día ahora el hijo propone que leamos uno por mes. En el tributo, un ritual colectivo: la escritura y la lectura son las únicas formas comprobadas de telepatía y es lindo pensar que aquí, o si hubiera vida en Marte, miles de desconocidos estaremos leyendo a la vez las mismas palabras que antes iluminaron al genio.

Publicado en La Nación

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