La verdad desnuda: la dura vida de un actor porno

Jordi el niño polla

JORDI, EL NIÑO POLLA.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

“Hoy os voy a enseñar un día de trabajo en mi dura vida”. Así empieza el video y sigue con un reclamo enérgico del chaval a su madre que se demora en prepararle la chocolatada, una cepillada frenética de dientes, un viaje en tren desde Ciudad Real hasta Barcelona, los preparativos para la jornada de trabajo y al final, la faena: una orgía con tres rubias. “¡Para que no digan que el porno es fácil!”, se exalta Jordi El Niño Polla, la máxima estrella del cine XXX en habla hispana, que acaba de debutar como youtuber: los videos de su canal ENP, que ya tiene un millón y medio de suscriptores, desnudan la crudísima realidad del trabajo que se devela casi como cualquier otro. 

¿Tan poco? “En un mundo en el que parece que todo el mundo quiere ser algo que no es, Jordi sólo quiere ser lo que es: un chaval de 23 años al que pagan por follar con mujeres a las que antes sólo veía desde el otro lado de la pantalla de un ordenador”, escribió el crítico español Gustavo Herrera, para quien este canal de YouTube es lo que el porno necesitaba: menos simulación y más realidad. A los 19 años, Jordi estaba matando el tiempo en Internet y se topó con un formulario que proponía lo improbable: ser actor porno.“El productor vio mi apariencia de niño en mis fotos y le gusté. Es que llamé la atención…”, me dijo cuando lo entrevisté en mi programa de radio: “Enseguida me convocó para una audición en Madrid: a la mañana, un trío con dos chicas y esa misma tarde, una relación con una sola de ellas. Fui a ducharme antes de la escena y quitarme la toalla me costó mucho, pero a los cinco minutos ya estaba cómodo”.

Cuatro años después, su cuerpo de Charles Atlas cuando todavía era un alfeñique de 44 kilos, su torso lampiño y su voz aflautada de adolescente tardío lo ponen como protagonista de un fenómeno actual: el actor porno con cuerpo y cara de niño y atributos de grande (enorme). Dotado para la trama repetitiva del alumno que es sometido por una profesora, Jordi El Niño Polla es una de las estrellas promisorias de la industria más ignorada pero más lucrativa del entretenimiento popular: el año pasado facturó unos 100.000 millones de dólares. Si es cierto que el porno es una expresión cultural de esta época, en sus videítos de YouTube, él le quita glamour, sensualidad o misterio y lo convierte en un oficio tan burocrático como el de un administrativo que cumple horario de oficina.

Un sofá de la sala familiar que sirve como amante inmóvil con el que practicar sus posturas, torneos eternos frente a la Play, un menú repetido de pizzas recalentadas y una incontable cantidad de momentos incómodos: en su propio reality, Jordi y sus compañeras de trabajo se ven frágiles y vulnerables frente a la cámara. Es curioso para alguien que se muestra teniendo sexo ante millones de personas, pero la vida real sin filtros es otra cosa: la exhibición de una nueva clase de intimidad. Mientras pide a su madre un vaso de chocolatada con más azúcar, Jordi El Niño Polla me dice: “Es verdad que ya todo el mundo me ha visto pero eso no me importa: no siento que haya perdido nada aunque lo único que no me gustaría es que me vean desnudo mis padres”.

Publicado en La Nación

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