La vida en las montañas

Toda una vida_135X220

“TODA UNA VIDA”, DE ROBERT SEETHALER.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

La Dama Fría camina por la montaña y se desliza por el valle. Aparece cuando quiere, toma lo que necesita, no tiene rostro ni voz, te lleva con ella y te mete en un agujero helado. La imagen podría ser un bálsamo refrescante para el bochorno de un verano tan caluroso como éste si no fuera porque la Dama Fría es la muerte. Así le dicen en las montañas gélidas, adonde se presenta como una amenaza ominosa, siempre atenta al rugido de un alud o el dolor de un congelamiento. La montaña es la protagonista de Toda una vida, la conmovedora novela del actor, guionista y escritor austríaco Robert Seethaler: recién publicada acá después de haber conseguido varios títulos (premio Libro del Año en Alemania, más de un millón de ejemplares vendidos, traducción a treinta y tres idiomas), cuenta la maravillosa vida extensa de un montañés alemán que, sin absolutamente nada que lo destaque sobre el resto, es tan único y especial como cualquiera de los hombres. 

En el verano de 1902, cuando tenía cuatro años o poco más o poco menos, el huerfanito Andreas Egger es entregado en custodia a un cuñado de su madre, un granjero brutal que lo muele a palos, literalmente: lo deja rengo de un golpe. El chico crece, se hace fuerte, conoce al único amor de su vida, trabaja en la construcción de los primeros teleféricos, pelea en la guerra, guía a los turistas hacia las cimas y muchos años después puede decirse que no hizo nada más extraordinario que vivir en la naturaleza: “Fuera como fuese, Egger estaba simplemente ahí y contemplaba absorto las montañas”, escribe Seethaler y en su personaje se resume la épica del antihéroe: ¿un hombre bueno para nada no es, en realidad, alguien bueno para todo?

Pero así como la Dama Fría acecha a quien vive entre el hielo y la nieve otra amenaza más secular pone en peligro la vida plácida: los teleféricos, la luz eléctrica, las pistas de esquí, los cables telefónicos, el turismo voraz y la contaminación descontrolada. “Es una bellísima contemplación de la vida solitaria en un valle remoto, en el que el mundo moderno se va infiltrando poco a poco”, dijo Ian McEwan sobre Toda una vida y en esa intimidad entre el hombre y la naturaleza puede leerse una parábola de época. A mediados del siglo XIX, el escritor estadounidense Henry David Thoreau se aisló durante dos años, dos meses y dos días junto a un lago para escribir Walden o la vida en los bosques como una alegoría de la libertad del hombre que huye de la sociedad industrial. Cien años después, el progreso invade la naturaleza y la transformación es estridente: ahí donde todas las tardes se admiraba cada puesta de sol (siempre igual, siempre distinta) ahora se mira un nuevo episodio de la telenovela.

“Lo único que quiero es estar tranquilo, nada más”, repite Egger y, a diferencia de Thoreau, no hace un elogio de la pereza: no cree en Dios sino sólo en la vida y la vida es trabajo. Aun en el frío que hiela el alma, una llama se enciende en su pecho con la contemplación de las estrellas, la nieve o un halcón y así se pasa la vida, como se pasan las penas: para él, las cicatrices son como los años, llegan uno detrás de otro y todos juntos forman una persona. Y nada más.

Publicado en La Nación

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s