Del baile del caño al hit del año

Cardi B

CARDI B.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

“Yo no bailo ahora, hago movimientos de dinero”: en dos líneas, la filosofía de la popstar más emblemática del año. Son frases de Bodak Yellow, el hit de la incandescente Cardi B y aunque su nombre acá todavía diga poco y nada, ella consiguió el récord de la temporada: hacía veinte años que una canción de una rapera femenina no llegaba al puesto número uno de los Estados Unidos, desde Doo Wop (That Thing) de Lauryn Hill. Entonces habría sido inimaginable una estrella como Cardi B: “Sólo en 2017 pudo ser realidad este cuento de club de strippers, reality de televisión y rap célebre”, diagnosticó la revista New York y en la mezcla se condensa un fenómeno de época: Cardi B, la desnudista que se convirtió en estrella de Instagram que se convirtió en protagonista de reality show que se convirtió en cantante superventas que se convirtió en la clase de celebridad que exigen estos tiempos. 

A los 25 años, ya tiene una biografía frondosa que cumple con el mandato de toda fábula de éxito: inicio difícil y ascenso rápido (faltan: caída ruinosa y redención final). Nacida como Belcalis Almanzar, se crió en uno de los barrios más duros del Bronx neoyorquino, integró pandillas juveniles, fue abusada por novios violentos, tomó hectolitros de alcohol desde la infancia (de ahí su apodo, una abreviatura de Bacardi) y a los 19 debutó como stripper, para lo cual se hizo muchas cirugías plásticas: pómulos, labios, glúteos, pechos. Y entonces llegó Instagram: al momento de escribir esta columna Cardi B tiene casi catorce millones de seguidores que celebran o condenan las fotos de su silueta hipertrofiada. La popularidad en la red social le alcanzó para protagonizar el reality show Love & Hip Hop: New York y para atraer la atención de los productores discográficos que escucharon en sus rimas agresivas el filón que pronto se volvió un meme viral: “Dije ‘pequeña perra no podrías joderme aunque quisieras’”, empieza su hit. Y después sigue: “Mi vagina se siente como un lago y él quiere nadar con su cara”.

En Instagram se la puede ver embutida en un vestido a lo Jessica Rabbit o a cara lavada en la selfie siempre desfavorecedora de un espejo de baño. En los resúmenes periodísticos del final del año se la elige como la celebridad más efervescente de hoy. Si el famoso típico del siglo XX se apoyaba en un mito elusivo (el rostro de la Garbo como emblema del secretismo: siempre esquivando cámaras, huyendo de la mirada ajena y retaceando la intimidad), la celebridad contemporánea es ostentosa en la exhibición de lo más privado: una cortina de baño con hongos o la peluca mal ajustada. En la manía fotogénica se elude el misterio y se lo reemplaza por la adoración, la envidia o la repulsión: de los diez mil comentarios (promedio) que recibe cada foto hay un porcentaje alto de todo.

Y aunque se resista a definirse como feminista, Cardi B tiene una filosofía singular con el hombre: “Decile sí a todo. ‘¿Querés comprarme comida?’ Sí. ‘¿Querés regalarme un auto?’ Sí”. Entregada a sus movimientos de dinero, ya no baila en el caño: la popstar icónica pone el cuerpo como objeto de discusión para la multitud que se debate entre el totalitario me gusta y la nada misma.

Publicado en La Nación

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