Rojo pasión y verde esperanza: qué vemos cuando vemos los colores

Rojo

ROJO.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

En el invierno muy frío de 1961, cierta escuela parisina vivió un escándalo: a dos hermanas respetuosas y aplicadas se les prohibió la entrada al colegio. Iban de pantalones y, aunque se permitían en los días helados, el director consideró que ellas habían cruzado un límite intolerable. Los pantalones eran rojos. “¡Nada de rojo en un centro escolar de la república francesa!”, era la consigna del ministerio de Educación en la década del 60: sin que nadie pudiera decir bien por qué, el rojo era un color peligroso y subversivo que remitía al fuego, la sangre, la violencia, la guerra, la falta y el pecado (¿ahora entienden lo que padecimos los niños pelirrojos?). Ésta es apenas una de las decenas de anécdotas que aparecen en Los colores de nuestros recuerdos, el sensacional ensayo del historiador francés Michel Pastoureau que acaba de publicarse acá: más que la naturaleza, el pigmento, el ojo o el cerebro, la sociedad de cada época crea el significado de los colores. 

“Definir el color no es un ejercicio fácil”, escribe Pastoureau: “Cada cultura lo concibe y lo define según su entorno natural, su clima, su historia, sus conocimientos, sus tradiciones”. ¿De dónde viene que el verde remita a la esperanza? ¿O el blanco a la pureza? En una mezcla de ensayo, libro de historia, manual de arte y anecdotario personal, el historiador especializado en colores, imágenes y símbolos analiza la semántica cromática en su intento por responder una pregunta negra: ¿la memoria transforma los colores a su antojo? “Entre nosotros y nuestros recuerdos se intercalan otros recuerdos, los nuestros y los que nos han contado”, dice y aunque recordemos de nuestra infancia un conejo de peluche azul, un vestido rojo o una bicicleta amarilla cada memoria estará teñida por el significado que le demos a ese objeto.

Inspirado en el genial libro Me acuerdo, de Georges Perec, donde cada recuerdo banal toma la forma de una epifanía vital, Pastoureau abre el galpón de su memoria para mostrarnos el infinito universo de los colores y sus significados: en muchas tribus africanas, lo importante no era definir un color como azul o amarillo sino como húmedo o seco y liso o rugoso y en la Alta Edad Media los tonos se ponderaban según cuán contrarios eran al blanco (en el ajedrez, las piezas negras eran antiguamente rojas y ése, el color de la pasión, era el opuesto al de la pureza). La evocación de un color devuelve a la memoria un episodio, un rostro o un lugar olvidados. Y también: “Hay multitud de recuerdos visuales que no conservamos en tonos definidos, ni siquiera en blanco y negro, ni en blanco, negro y gris”. Si es cierto que hacemos un intento inconsciente por colorear nuestro pasado, es probable que pintemos de verde un recuerdo feliz y de negro uno triste.

El historiador sabe bien que el pasado no es sólo lo que fue sino también lo que la memoria hace de él. El color del recuerdo depende de la mirada melancólica de aquel que observa. En el secreto de los ojos se esconde un enigma que planteó el mismísimo Goethe en su legendaria Teoría de los colores de hace doscientos años: “Un vestido rojo, ¿sigue siendo rojo cuando nadie lo mira?”.

Publicado en La Nación

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