Un inventario de objetos imposibles que sólo existen en los libros

Cafetera Carelman

LA CAFETERA DE JACQUES CARELMAN.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

El pianocktail es un instrumento musical capaz de preparar cócteles a tono con la melodía que tocan sus teclas. El GPS sentimental es un aparato que ordena con voz nasal en qué momento hay que abandonar a la pareja o cuando hay que conseguirse un amante. El nictógrafo es un sofisticado sistema de cartones con agujeritos perforados que guían a los escritores insomnes que encuentran inspiración en plena noche pero no ven nada para escribir a mano. Son apenas tres de los fabulosos objetos catalogados en el libro Inventario de inventos (inventados), recién publicado acá: el escritor argentino Eduardo Berti y los diseñadores del estudio alemán Monobloque reunieron un compendio de artefactos, herramientas y utensilios, medios de transporte y de comunicación, implementos más o menos inútiles y brebajes más o menos mágicos que sólo existieron en cuentos o novelas. Surgidos de la imaginación de Boris Vian, Hervé Le Tellier o Lewis Carroll, entre muchísimos otros, estos inventos podrían integrar el catálogo delirante de un Sprayette trasnochado y demuestran el fabuloso poder creador de la literatura. 

“Los escritores son inventores en múltiples sentidos”, dice Berti: “Inventan personajes y conflictos entre personajes; inventan acciones, escenas e historias, pero también geografías, ciudades (la Macondo de García Márquez) o países (la Poldavia de Marcel Aymé)”. También dice que inventan palabras (como robot, la creación de Josef y Karel Čapek) o formas literarias (Gómez de la Serna y sus greguerías) pero lo más importante es que, en el afán de engendrar, los escritores crean mundos completos que sólo existen entre las tapas de sus libros. Los textos de este Inventario recuperan muchos de esos inventos y, como no podía ser de otra manera, también crean objetos que no aparecieron en ningún libro más que éste. Es una antología que puede funcionar como guía de lectura de los clásicos o como manifiesto de una época de adoración por los objetos y que, en la vida real, fue acompañada por una exposición de videos, dibujos y muebles que dieron volumen a los artilugios literarios.

Creo que podría pagar una módica fortuna por la bicicleta para escaleras (con ruedas cuadradas), por las zapatillas para la limpieza (con un cepillo y una pala para barrer sin agacharme) o por los anteojos-reloj (con la hora proyectada en los cristales para que nadie pregunte) pero por ciertas aficiones personales nada me haría más feliz que la cafetera para masoquistas. ¡Qué paradoja! Creada por el ilustrador francés Jacques Carelman en su Catálogo de objetos imposibles, una legendaria parodia a los folletos de venta por correo, la cafetera tiene el asa y el pico del mismo lado, por lo cual resulta más fácil de fabricar que de usar. En el absurdo, una prueba: si es cierto que en el objeto siempre anida algo del orden de lo mágico (para mí, cualquier cafetera es un talismán), este increíble Inventario de inventos (inventados) enumera todo lo surrealista que se esconde en la realidad porque, al decir del maestro Arthur Conan Doyle, “la vida es infinitamente más extraña que cualquier cosa que la mente del hombre pueda inventar”.

Publicado en La Nación

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