El pequeño gran dictador

Kim Jong Il

KIM JONG-IL.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

El Genio Incomparable, el Salvador del Mundo y el Dios entre los Hombres era fanático del Pato Lucas. La leyenda cuenta que nació en 1942 en la montaña más alta de la península coreana y que el feliz alumbramiento fue anunciado por un arco iris doble y la aparición de una nueva estrella: Kim Jong-il llegó al planeta con la misión de ser su mesías definitivo pero, aunque se diga que empezó a caminar a las tres semanas de nacido y que a los dos meses ya hablaba fluido, el futuro Camarada Inmortal al final se murió y, más que un estadista eterno, fue un sibarita que gozaba de su colección privada de veinte mil películas (los éxitos de Hollywood, todas las de James Bond y los dibujitos animados de Looney Tunes), los licores caros, los autos deportivos, los zapatos de taco alto y las mujeres escandinavas, sus favoritas. En 1978, cuatro años antes de ser ungido como Querido Líder de la República Popular Democrática de Corea del Norte, fue nombrado ministro de Propaganda y entonces pudo vivir su gran sueño (anti) americano: dotar al paisito comunista de una industria cinematográfica que, en la guerra por el soft power, pudiera pelear con sus propios tanques. 

¡Monstruos! ¡Espías! ¡Dinosaurios! Si en la módica comedia Una loca entrevista, el actual tiranuelo Kim Song-un es capaz de arriesgar su imperio en su fanatismo por Katy Perry, su padre tenía una fijación con los Godzillas, los marcianos y las actrices. “Él supervisaba cada película, cada decisión y, especialmente en sus primeros días, tomaba parte activa en el guión, la dirección y la edición de las cintas, que consideraba como las más poderosas armas de propaganda y adoctrinamiento a disposición del Estado”, escribió el crítico Paul Fischer en su sensacional libro A Kim Jong-il Production, recién publicado en los Estados Unidos y que compila lo peor de lo peor del cine norcoreano, que hoy se convirtió en un fenómeno de época adorado por sus rarezas: “Prohibió los filmes extranjeros y se aseguró de que el pueblo viera (en realidad, estaba obligado por ley) sólo los suyos”. Era un productor tiránico con un sueño ambicioso: filmar la mayor película oriental de todos los tiempos.

“¿Se trataba acaso de una épica histórica? ¿De una alabanza a la guerra de liberación antijaponesa que libró su padre? ¿O sería quizás una oda al régimen comunista y al glorioso proletariado internacional?”, se preguntó con irónica retórica el escritor español Pedro Arturo Aguirre en su Historia mundial de la megalomanía: “¡Nada de eso!”. El mamotreto se llamó Pulgasari y fue una catástrofe gigantesca donde un saurio descontrolado devoraba ciudades y ejércitos enteros.

En los anales de la historia del cine quedará cómo consiguió rodar su fantasía apocalíptica: criado bajo el fulgor del celuloide, y convencido de que los sueños cinéfilos son mandatos divinos, Kim Jong-il hizo secuestrar al director surcoreano Shing Sang-ok y a su esposa, Choi Eun-hee, la máxima estrella al sur del paralelo 38. A punta de fusiles, ellos dieron vida al monstruo que obsesionaba al pequeño gran déspota. El subtítulo del libro de Fischer es elocuente: “La extraordinaria historia real de un director secuestrado, su actriz principal y el ascenso al poder de un joven dictador”. Los desgraciados Shing y Choi fueron prisioneros durante ocho años, sometidos a un ímprobo trabajo forzoso: desarrollar una industria cinematográfica que perpetuara la gloria del Querido Líder. Antes de que pudieran refugiarse en la embajada yanqui de Viena durante una gira promocional, filmaron siete películas donde adoraban a su verdugo. “Para mí, la historia resume la idea de un pacto fáustico”, concluye Fischer: “Ser forzado por un dictador cruel que te ofrece todo lo que necesites, con una única condición: que sólo vivas para alabarlo”.

Publicado en La Nación

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