La interpretación de los verdugueos

Psicoanálisis

“LA ESCUELA NEOLACANIANA DE BUENOS AIRES”, DE RICARDO STRAFACCE.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

“Contame algo que me estoy aburriendo con un paciente”: en plena sesión, el psicoanalista habla por teléfono mientras el conflictuado se hunde en el diván. Es una técnica clásica de verdugueo y, aunque parezca que no, una de las menos crueles: en la búsqueda de la cura, al claustrofóbico se lo encierra en el consultorio durante todo un fin de semana largo y al onanista compulsivo se lo somete a la tortura de una psicóloga que se le exhibe sin bombacha. Son apenas algunos de los maltratos que se narran en La escuela neolacaniana de Buenos Aires, la delirante novela breve de Ricardo Strafacce recién publicada: aun en la parodia, esta fábula sobre un grupo de analistas que cultiva un protocolo de atención basado en el verdugueo a los pacientes es sintomática de la relación, muchas veces masoquista, que los porteños tenemos con nuestros psicólogos.

Puedo hablar con conocimiento de causa porque soy paciente desde hace veintisiete años (“demasiado paciente”, me pincharía uno de mis mejores amigos, siempre insistente ante la posibilidad improbable de que alguna vez reciba el alta). Tuve varios psicólogos desde la adolescencia y aunque ninguno se quejó por teléfono delante de mí, ni nadie me dejó atado, siempre tuve fascinación por ese vínculo insólito (la bendita “transferencia”) entre uno y ese extraño al que confiesa todos sus deseos y sus miedos. ¿Por qué siempre resulta incómodo el momento de pagar la sesión? ¿Cuántas veces mi psicoanalista habrá estado pensando en otra cosa? ¿Cómo hace para que nunca me cruce con otros pacientes? “Simplemente los cito a horarios distintos”, me respondió una vez que se lo pregunté y yo se lo agradecí. La mitología lacaniana porteña cuenta que un célebre psicoanalista citaba a sus pacientes en la confitería que estaba en la planta baja de su consultorio y que los hacía esperar horas hasta que por fin mandaba a llamar a uno que a la salida debía dar el pase a otro (hace poco, una amiga le dijo a su analista: “Cuando veo salir al anterior siento que se lleva tus mejores observaciones”. Y nunca más se cruzó con nadie).

En La escuela neolacaniana de Buenos Aires, un terapeuta cita a todos los pacientes a la misma hora y después de hacerlos esperar mucho tiempo elige a uno que durante un mes deberá atender al resto. Otro obliga a bañarse en el consultorio a una obsesiva de la limpieza. Los verdugueos imaginados por Strafacce ilustran la eterna tensión entre el deseo sádico del analista y la cobardía moral del paciente. En la evocación extrema del trato peculiar que Lacan dispensaba a sus pacientes, una vulgata del maltrato que rinde siempre.

Sin embargo, los términos “maltrato” y “verdugueo” sugieren que el paciente es maltratado y verdugueado contra su voluntad. “El paciente quiere (pronunció estas bastardillas con cierta indignación) ser maltratado y verdugueado, siempre quiere, no quiere otra cosa”, dice uno de los psicoanalistas de Strafacce y en su cinismo resume la fabulosa maquinaria literaria de un autor brillante. Pero eso es tema para otra sesión. Aunque hayan pasado sólo cinco minutos del inicio, uno de los trucos más antiguos, y probados, del verdugueo es el que dice: “La seguimos la próxima”.

Publicado en La Nación

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