El triste caso de la ciudad que perdió su alma

Nueva York, gentrificación

NUEVA YORK.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

El cartel de obra es contundente: “45 pisos, 14.000 metros cuadrados, 522 habitaciones”. Ahí donde había un antiquísimo mercado de flores pronto se construirá un hotel, otro más: en la novedad arquitectónica, el canto del cisne de una ciudad que está desapareciendo. Al momento de escribir estas palabras, es el último post que leo en el incendiario blog Vanishing New York, que allá acaba de salir publicado en versión impresa: con el subtítulo “el libro de los lamentos, una amarga mirada nostálgica a una ciudad en el proceso de extinguirse”, es el trabajo del escritor neoyorquino Jeremiah Moss, que lleva diez años documentando la vertiginosa transformación de la ciudad más admirada del mundo: desde Harlem hasta Williamsburg y desde el Lower East Side hasta Chelsea, donde el mercado de flores entregará su sitio a un hotel de 522 habitaciones, la agonía de los comercios de barrio, las casas tradicionales y las confiterías antiguas a manos de “boutiques sin alma, torres de lujo y cadenas suburbanas”. 

Si es cierto que lo único permanente es el cambio, para Moss “la naturaleza del cambio urbano ha cambiado”. Este siglo trajo una erosión cultural acelerada en Nueva York, una ciudad dominada por las fuerzas del mercado. “Durante generaciones, fue la meca para los artistas, los escritores y para todos los que anhelaban ser parte de su rico intercambio cultural y su tejido social único”, escribe Moss: “Pero ahora, la gentrificación moderna está transformando una metrópoli icónica y excepcional en una zona suburbana lujosa con un precio que sólo el uno por ciento puede afrontar”. La gentrificación es un fenómeno propio de la época: en su etimología, viene del inglés gentry (que significa “alta burguesía”) y es un término acuñado por la socióloga alemana Ruth Glass en 1964 cuando trataba de explicar un proceso circular: un barrio deteriorado es ocupado por jóvenes y artistas que no tienen mucho dinero y lo ponen de moda, lo que hace que suban los alquileres y los precios, lleguen los grandes comercios y los jóvenes y artistas… tengan que irse a otro lugar.

“Ésta es la vida. Esto es real. Esto es Nueva York. Y está siendo destruida, como cualquier otro lugar, reemplazada por lo sombrío y lo muerto”, dice Moss, para quien su minuciosa observación es extensiva a todas las grandes ciudades (en la nuestra, Palermo Viejo es un ejemplo de manual: los primeros bares y galerías de arte que reemplazaron a los antiguos talleres mecánicos tuvieron que cerrar porque no pudieron afrontar los costos del monstruo que ellos mismos crearon). Como un Golem inmobiliario, el barrio se fagocita a sí mismo.

A mitad de cuadra, donde había una vieja zapatería con estanterías de madera lustrada, se instala una farmacia con impersonales góndolas metálicas y en la esquina, el bar del gallego deja su sitio a una cafetería que sirve lattes en tamaños alto, grande y venti. En su libro Vanishing New York: How a Great City Lost its Soul, Moss se pregunta cómo pudo una gran ciudad haber perdido su alma, si es posible que Nueva York pronto se convierta en Dubai y llama a la acción a los vecinos de aquí, de allá o de cualquier parte que están hartos de asistir a una muerte anunciada.

Publicado en La Nación

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