El muerto que vos matás goza de buena salud

JP Cuenca

J.P. CUENCA.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Un sábado de abril de 2011, a João Paulo Cuenca le avisaron que estaba muerto. En realidad, que llevaba muerto tres años, desde aquel día de 2008 en que un cadáver fue identificado por la Policía de Río de Janeiro con su partida de nacimiento. Por suerte para él, Cuenca es escritor y más temprano que tarde alguien le dijo que con esa historia debería escribir un libro. Y así empieza la alucinante novela Descubrí que estaba muerto, recién publicada en la Argentina: prologada con una frase del explorador portugués Brás Cubas (“la franqueza es la primera virtud de un difunto”), es una investigación kafkiana para explicar el entuerto burocrático y, a la vez, un descenso al Hades carioca: como en Vértigo, el clásico de Hitchcock, un hombre común es sometido a circunstancias extraordinarias y en el proceso se enreda en una espiral de locura y de muerte. Es oportuno recordar que el título de la novela en que se basó aquella película era De entre los muertos: entonces y ahora, lo que empieza como una intriga policial termina como una fábula existencialista. 

En la búsqueda de sí mismo como difunto, Cuenca se convierte en un observador lúcido de la ciudad en pleno frenesí preolímpico: si Latinoamérica es “el continente de la esperanza”, como dijo un Papa, Río es la ciudad de las promesas incumplidas. El lector agudo podría encontrar un nuevo género literario en Descubrí que estaba muerto: la novela inmobiliaria. A la descripción de cajas con ventanas, rascacielos posmodernos, porterías art déco, edificios afrancesados y casonas portuguesas que definen el cambalache arquitectónico de Río se suman el ruido de los taladros y la voracidad de los brokers que demuelen palacetes para construir pajareras con vista al mar. En uno de esos departamentos vivía el muerto que usurpó la identidad de Cuenca y él, en su afán obsesivo por investigar qué le pasó, se entierra en vida.

Nacido en Río en 1978 de un padre argentino y una madre brasileña, João Paulo Cuenca fue elegido por la revista inglesa Granta como uno de los mejores escritores brasileños de su generación, con novelas traducidas a ocho idiomas. Y también dirigió A morte de J.P. Cuenca, una película que se exhibió en el BAFICI y que pone imágenes en alta definición a una Río opresiva de cemento, vidrio y edificios en construcción (sólo se ve el mar una sola vez, a lo lejos y por detrás de la avenida Atlántica). Hace mucho, Bioy Casares dijo que Brasil es el país de la promesa eterna: en la obra de Cuenca se siente el dolor por aquello que era provisorio y se vuelve permanente.

“Para un escritor siempre es bueno morir”, le dicen en medio de su aventura (hace unos días vino de visita a mi programa de radio y puedo dar fe de que está vivo). Ensimismado en su investigación, autor y personaje se confunden: en el libro y la película, se sumergen en el inframundo de una ciudad agobiante y una existencia atormentada. ¿Acaso se puede estar muerto en vida? La respuesta se encuentra en un bar, con la lucidez que brinda el alcohol en su medida justa, cuando un amigo le canta una verdad inmortal: “El problema sería que todos supieran que estás muerto menos vos”.

Publicado en La Nación

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