Ella, él y él: los tres lados de un triángulo

I Love Dick

“I LOVE DICK”.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

“Querido Dick, toda carta es una carta de amor”. En letras blancas sobre un fondo rojo, la pantalla muestra las palabras de Chris, una directora de cine experimental que está casada con Sylvère, un escritor bloqueado. Los dos son los típicos neoyorquinos intelectuales que conocimos en las películas de Woody Allen, que escuchan rarezas como bossa nova klezmer y que se mudan al desierto texano para hacer una beca artística. Y Dick, ¿qué decir de Dick? Con el porte gatuno de Kevin Bacon, Dick es un escultor que los alberga entre los fardos, un cowboy lacónico que activa la vida sexual de la pareja porque ella y él, Chris y Sylvère, se fascinan por igual. Como una Rashomon erótica y epistolar, la mejor comedia de la temporada explora los tres lados de un triángulo: con las razones de ella, de él y del otro, I Love Dick, que se estrenó en Amazon Prime, es revulsiva ya desde el título porque “Dick” es el diminutivo cariñoso para alguien que se llama Richard pero también es una manera de referirse al miembro sexual masculino con idéntico cariño. 

Las cartas de Chris a Dick son incendiarias y cuando ella se las lee al marido tienen un efecto afrodisíaco que ni mil dosis de viagra podrían empardar (de tan neuróticos, los esposos llevan una sequía amatoria más árida que el desierto de Texas). El sexo animal revive ante cada recuerdo del vaquero y aunque no esté adentro de la habitación Dick se convierte en un tercero imaginario que incentiva las fantasías de ella y de él: puro deseo contenido y liberado. La serie está basada en un libro de memorias publicado por la escritora neoyorquina Chris Kraus en 1997 que se convirtió en un clásico instantáneo en la literatura de géneros, un manifiesto por una nueva clase de feminismo que supera la culpa, la vergüenza y el narcisismo para reconciliarse con las manifestaciones espontáneas del deseo (el diario inglés The Guardian dijo: “Es el libro sobre hombres y mujeres más importante escrito en el último siglo”.). ¿Por qué se reprimen las fantasías? ¿Cuáles son los límites para satisfacer la libido? En ocho episodios de media hora, I Love Dick se confirma como la serie más inteligente del año: con los colores saturados del desierto y una banda de sonido que rinde tributo a las canciones rancheras, pone en imágenes la fascinación que despierta el dichoso Dick (en cualquiera de sus dos acepciones).

Una escena onírica lo muestra con el torso desnudo mientras esquila una oveja y otra, con el culo al aire cuando se sumerge en un tanque australiano: a los ojos de quien desea, todo tiene una connotación erótica. La directora Jill Solloway (que viene de hacer Transparent, la comedia agridulce sobre un padre de familia que en la vejez se anima a cambiar de sexo) demora la cámara más en la expresión del que observa que en el sujeto deseado: en las pupilas que se dilatan y en los labios que se muerden puede verse la más pura lascivia. Si es cierto que toda calentura es mental, ella, él y él se enredan en los tejemanejes del deseo: en su pasión por las epístolas, Dick se transforma en un hombre que, más que un hombre, es un símbolo fálico.

Publicado en La Nación

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