La banda de sonido de una ciudad que ya no existe

Max Kansas City

MAX’S KANSAS CITY, EN NUEVA YORK.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Hubo una vez una ciudad que siempre amé a pesar de que no pude, y nunca podré, visitarla. No queda en un lugar sino en un tiempo: la Nueva York de los setenta es una de esas ciudades-mito en las que sueño que despierto cada vez que me duermo. ¿Cómo habrá sido el primer encuentro americano de David Bowie con Iggy Pop y Lou Reed? ¿Cómo habrá sonado el último concierto de la Velvet Underground? Los dos hechos, pequeños para la historia de la humanidad pero enormes para el adolescente fácilmente impresionable que fui alguna vez, sucedieron en el mismo lugar: Max’s Kansas City, un antro del barrio Grammercy Park que fue la sede social de la contracultura neoyorquina de toda una época. Por eso, la flamante reedición del disco Max’s Kansas City 1976, con abundantes rarezas y bonus tracks, es un acontecimiento musical y emotivo: son cuarenta canciones que rinden tributo a una Babilonia desaparecida. 

En 1965, un tal Mickey Ruskin abrió un restaurante en el número 213 de la calle Park Avenue South: embargado por el espíritu artístico, canjeaba comida por obras de arte y en el trueque encontró la ruina económica y la riqueza espiritual. El local se convirtió en el cuartel general de Andy Warhol y cuando finalmente quebró, en 1974, los artistas se quedaron sin techo. Pero un año después reabrió con nuevos dueños y ni siquiera el CBGB, el club del Lower East Side con el que mantenía una enemistad a muerte, pudo quitarle el cetro de reino del arte y el punk. Entre mesas con manteles a cuadros y paredes pringosas por la grasa de la cocina, Debbie Harry trabajó de camarera, Patti Smith debutó con sus recitales, los New York Dolls se pelearon mil veces para volver a amigarse otras mil y Bruce Springsteen compartió zapadas con Bob Marley.

Y en 1976, el director artístico Peter Crowley pidió a amigos y clientes que aporten canciones para grabar un disco que recopile la música que nació ahí. Un lema del sueño americano es aquel que promete “si podés hacerlo aquí podés hacerlo en cualquier lado” y la reedición de Max’s Kansas City 1976 es un viaje a la Nueva York que albergó las fantasías heroicas de una generación: hay temas nuevos afines a aquel espíritu pero lo que más impresiona es escuchar con oídos frescos las viejas grabaciones que transportan a otros tiempos. En el primer tema del disco, Wayne County & The Backstreet Boys enumeran los hechos de una noche cualquiera: “Dénle a los chicos una bebida más y van a incendiar el lugar” o “chicas malas, sólo quieren un beso” mientras Dee Dee Ramone aporrea su bajo o los Electric Chairs se disponen a freír cerebros.

Nada de eso ya existe. El Max’s Kansas City cerró en 1981 y no llegó a ver el furor y el ocaso de los yuppies, la política de Tolerancia Cero, la paranoia contra los inmigrantes o el ascenso de uno de sus más codiciosos promotores inmobiliarios a presidente. Si el poeta griego Constantino Kavafis deseó que cada uno tenga una Ítaca propia en su mente, porque llegar allí es su destino, sé que nunca podré visitar la mía: como un epítome de la decadencia del imperio americano, el lugar donde se reunieron muchos de mis héroes hoy es un local de comidas rápidas.

Publicado en La Nación

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