El secreto de la Mujer Maravilla

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LA MUJER MARAVILLA.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

La pantalla se inunda con estrellas rojas, blancas y azules y sobre la fanfarria se impone una voz en falsete: “Todo el mundo te está esperando, por el poder que tú posees/ En tu traje de raso, luchando por tus derechos…”. Ya cuando Lynda Carter mira a cámara, se enumeran sus atributos: “Detienes una guerra con amor, haces que un mentiroso diga la verdad”. ¡Es la Mujer Maravilla! Nacida en 1941, integra la “sagrada trinidad” de la editorial DC junto a Superman y Batman y es la heroína más famosa de todos los tiempos. Pero recién ahora se develan sus misterios. Esta semana se publicó el sensacional libro The Secret History of Wonder Woman, donde Jill Lepore, historiadora de Harvard y periodista de la revista The New Yorker, descubre su auténtica identidad secreta: la Mujer Maravilla fue el primer personaje popular feminista. 

En los años 30, el psicólogo William Moulton Marston era un célebre académico perdido en su admiración, romántica e ideológica, por las mujeres. Discípulo de Jean Piaget y Alfred Adler, fue un bígamo entusiasta: vivía con dos esposas con las que tuvo cuatro hijos (que las llamaban “mamá uno” y “mamá dos”) y una de ellas era sobrina de Margaret Sanger, una de las feministas más influyentes del siglo XX. Apologista de la anticoncepción y el aborto, obligado a llevar una vida secreta, acaso en una parábola freudiana Marston inventó el polígrafo, el impreciso detector de mentiras que después adoptaron policías y animadores de talk shows. Pero, cuando finalmente se hizo público, su matrimonio de tres le costó la carrera y terminó trabajando para los estudios Universal, que en pleno furor analítico requerían los servicios de un diplomado para estudiar la coherencia psicológica de sus personajes.

“Estaba obsesionado por la utopía feminista”, escribió Lepore. Así, Marston fue el Pigmalión de su bella dama: creó a la Mujer Maravilla como la encarnación de su monotema, una Bettie Page morena y con cinturita de avispa. La dotó de un lazo dorado que obliga a decir la verdad (¡su propio polígrafo!) y fue revulsivo al modelar una mujer sexual y económicamente independiente (recién llegada de la isla Paraíso, ella se emplea como atracción de feria para disponer de sus propios dólares). Si la ambición de Marston fue esparcir una “propaganda psicológica” para visibilizar los derechos femeninos, su criatura resultó una adelantada a la época, aunque confundida en un límbico anacronismo temporal y espacial. Es la princesa de un matriarcado helénico oculto en el Triángulo de las Bermudas, furiosa enemiga de Hitler: en el primer episodio de la serie televisiva, la Argentina aparece como escondite de un arma secreta nazi y para ilustrar nuestra geografía se exhiben imágenes de… Río de Janeiro.

Ese programa se emitió en la década del 70 y fue su único éxito memorable: desde entonces, hubo seis películas de Superman y siete de Batman. Pero ninguna de la Mujer Maravilla (como reparación histórica, pronto aparecerá en cine por primera vez en un blockbuster titulado… Batman vs. Superman). Si los superhéroes viven en un universo de testosterona, anabolizados en mallas de lycra que marcan bíceps y pectorales, sus públicos no gozan con el éxito de una mujer invencible. Marston murió en 1947, sin llegar a ver que en 1972 su criatura fue elegida como ícono de las protestas feministas, un año antes de que la Corte Suprema de los Estados Unidos legalizara el aborto. Pero el triunfo es amargo. La Mujer Maravilla detendrá una balacera con sus muñequeras y viajará en su avión invisible aunque deberá repetir a los Superamigos que no es la secretaria del Palacio de la Justicia cada vez que le pidan que saque fotocopias o les prepare un café. En la historia de la lucha por los derechos de las mujeres, la última amazona es el eslabón perdido.

Publicado en La Nación

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