El hombre de otro lugar que va por el camino de los sueños

David Lynch

DAVID LYNCH.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

“A veces es difícil saber si es un genio o un idiota”: con el cinismo que caracterizó sus cuarenta y seis años de vida, el escritor norteamericano David Foster Wallace expresó el desconcierto que el cineasta David Lynch despierta en su propio país (para Pauline Kael, la crítica de cine más reverenciada de los Estados Unidos, “es un genio bobo”; para mí, un genio a secas). Esta noche, cuando se estrene la esperadísima tercera temporada de Twin Peaks, la serie que inició la era dorada de la TV, se cumplirá una promesa: “Nos vemos dentro de veinticinco años”, susurraba la malograda Laura Palmer al detective Dale Cooper, encargado de investigar el asesinato de ella. Y con el acontecimiento televisivo se intentará zanjar una discusión de época: ¿genio o idiota? El libro David Lynch, el hombre de otro lugar, recién publicado en español, elige la tercera posición: “Es una figura que no admite reducciones”.
Con astuta habilidad publicitaria, la editorial envuelve las 256 páginas del ensayo con una faja que dice: “Por fin un libro sobre David Lynch comprensible, ameno y verdaderamente esclarecedor”. ¿Pero es posible esclarecer lo suficiente sobre la obra de uno de los artistas más complejos y oscuros del cine actual? El periodista neoyorquino Dennis Lim, director de programación de la Film Society del Lincoln Center, lo intenta: se vale de la ética, la religión, el posmodernismo y el surrealismo para dar sustento teórico al perturbador universo de un artista total. En estos años, Lynch siempre encontró tiempo para pintar cuadros, dibujar historietas, sacar fotos, promover la meditación trascendental, diseñar muebles, componer música o fundar su propia marca de café, una pesadilla feliz para nosotros a los que la obsesión por la infusión nos quita el sueño (el pequeño diccionario A-Z Coffee dedica la letra L a “Lynch, David” porque “para el director de cine, músico, artista y obsesivo amante del café, la infusión es una gran fuente de inspiración”). Pero más que nada en estos años él dirigió películas como El hombre elefante, Terciopelo azul o El camino de los sueños y series como Twin Peaks, donde lo onírico convive a la vez con lo sublime y lo horroroso y el universo entero se reduce a una fractura entre el bien y el mal. “Un mundo completo”, como dijo Umberto Eco: la condición para que una obra sea una obra maestra.
Si es cierto que ningún artista de la época fue más psicoanalizado que él, como en cualquier terapia, en David Lynch, el hombre de otro lugar se valoran más los vacíos y los silencios que las toneladas de palabras conjugadas para explicar su obra (¿acaso no se dice que es mejor callar y pasar por idiota que hablar y despejar las dudas?). El genio de Lynch sabe que su apellido se convirtió en un adjetivo pero si algo borgeano describe un laberinto infinito y algo kafkiano se refiere a una pesadilla absurda, ¿qué quiere decir lyncheano? “Significa diferentes cosas para diferentes personas”, razona en el libro, con su eterna fascinación por el vacío: “Mi amigo Charlie decía: ‘Fijate en la dona, no en el agujero’. El concepto de lyncheano se parece más al agujero”.

Publicado en La Nación

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