Divino café

Young Pope, taza

LA TAZA DE “THE YOUNG POPE”.

Tomarse un lungo en ayunas para exaltar los espíritus. En la Santa Sede, el vino árabe no es pecado, es casi una experiencia religiosa.

Souvenir: recuerdos del Vaticano

“¿Roma? Roma es apenas un suburbio del Vaticano”. Piadosa pero ácida, la hermana Mary desmiente en un suspiro el abolengo de la ciudad eterna. Ella es la confesora de Pío XIII, el papa joven y colérico de la serie The Young Pope: un cura fanático que no se deja impresionar por los oropeles de la Santa Sede. Nomás llegar al Vaticano, el país más pequeño del mundo, uno se inclina a creer que es el mayor en densidad de guías turísticos: en apenas medio kilómetro cuadrado (¡toda su superficie!), una multitud vocea entradas a los museos y trafica dispensas para saltearse las filas. Mi fe catódica a The Young Pope, la serie de la que me hice feligrés, me devolvió el recuerdo de Eliasit, la guía venezolana que me prometió una caricia del Papa a cambio del sacrificio de levantarme al alba del día de la audiencia pública, un miércoles de hace un par de años.

Pero como el olfato es el gran archivador de los recuerdos, en el aroma de cada ristretto vuelvo por unos segundos al Antico Caffè San Pietro, el ruidoso salón de la Via della Conciliazione, a metros de la Basílica de San Pedro. “Lo más urgente es mi necesidad de una taza de café americano”, dice Pío XIII en la televisión y su exigencia es sagrada. En la barra autoservicio del San Pietro uno puede eternizarse. La cola de cardenales, monseñores, obispos o curitas rasos que esperan su bebida en mansedumbre tiene tiempos bíblicos aunque la taza cueste cinco euros. Se sabe que el café y la Iglesia tuvieron una relación cercana durante los últimos siglos: aquí mismo, pero hace cuatrocientos años, el papa Clemente VIII no pudo negar el furor de lo que entonces se conocía como “el vino árabe”, una bebida oscura como el diablo que provenía de tierras no cristianas y que exaltaba los espíritus de aquellos que la tomaban en ayunas. Exigido de una definición por los inquisidores de la época, no tuvo más remedio que bautizar el café con divinas palabras: “Sería pecado dejar a los descreídos una bebida tan deliciosa. ¡Venzamos a Satanás impartiéndole bendición, para hacer de ésta una bebida verdaderamente cristiana!”. Amén.

El millar de habitantes del Vaticano se multiplica por mil cada vez que la plaza convoca con una aparición papal, cada miércoles religiosamente. Mi guía Eliasit cumple con una promesa comercial (gracias a la tarjeta que me acredita como cliente de su agencia entro a la Capilla Sixtina en lo que tardo en rezar un padrenuestro) pero el Papa no me acaricia la cabeza: aunque me llega su palabra a través de los altoparlantes, entre él y yo se superponen miles y miles de personas. Recién electo, el Papa joven de la televisión pide permiso para recorrer la basílica sin turistas, un milagro que sólo a él se le permite. Todo el Vaticano está atestado como un vagón de subte en hora pico y, en su infinita sabiduría, el representante vitalicio de Dios en la Tierra maldice: “Jamás superaré mi aversión a los turistas. Son personas que sólo están de paso”.

Publicado en Brando

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