“Era difícil ser tan popular”

Chris Cornell

CHRIS CORNELL.

El ex ícono del grunge rechaza la fama total y habla de su nueva vida como crooner de casino.

Desde el Archivo: noviembre de 2007

Ring-a-ding-ding: aun digitales, las máquinas tragamonedas componen el único soundtrack del Palms, el casino más lujoso de la auténtica Sin City. Frente a los fichines, las rubias portan vasotes de plástico, los cowboys escupen humo de cigarros que podrían encender con petrodólares y, rapiditas, se apuran unas cuantas conejitas, tapándose a medias las tetas: acá funciona el único Playboy Club del mundo. ¡Ring-a-ding-ding! El ambiente puede ser tan convulsivo como el capítulo del Pokemon más lisérgico y tan elegante o decadente como una juerga del Rat Pack en la vieja Las Vegas. En un salón de esta biblia de neón hará su número el cantante Chris Cornell y el periodista será recibido en camarines: después de un show de dos horas y media (¡puf!), la pregunta que se impondrá es “¿estás cansado?” y la respuesta será suficiente: “Pst, nah”. 
A los 43, Cornell promociona una imagen de lozanía y dientes blancos, común a todo el famoso que haya pasado una temporadita en rehabilitación, y este regreso a la vida sana tomó la forma dudosa de un “dandy grunge”. Si Kurt Cobain encontró una salida a las presiones de la fama en su Remington calibre .20, el ex Soundgarden parece haberse armado un mundo de comodidades: plácida vida familiar (esposa, tres niños), un restorán en París y una prolija corporación de su talento. En el backstage, los asistentes dominan el lenguaje de los murmullos y el camarín luce la sobriedad del abstemio: seis botellitas de agua, un plato de frutas, cuatro chocolates, un ramo de flores y la decoración internacional hotelera.

Años después de que una estética del grunge haya impuesto la camisa leñadora y el jean rotoso como uniforme y señal de credibilidad rockera, ¿cómo llegó Cornell a ser primera figura de casino? “La timba no me interesa para nada: me parecen patéticos los salones de juego y los tuxedos”: desprecio por el smoking es lo que exuda el autor de Casino Royale, el leit motiv de la última de James Bond: “Acepté al saber que no sería otra película sobre gángsters británicos. Soy un gran fan de Los Beatles y recordar que uno de ellos había compuesto un tema para Bond me pareció muy cool. De alguna manera, me sentí parte de una big band donde también tocaban Duran Duran y A-Ha”.

-Algunos te dicen “la voz más fina de la generación grunge”. ¿Qué te parece?

-Me hace sentir feliz y es grandioso ser reconocido así, claro. Pero fue culpa mía: cantar en un rango tan alto… porque puedo. En el pasado, estuve en bandas donde sí o sí… ¡tenía que gritar!

-“Euphoria Morning”, tu primer disco solista, se editó en 1999. ¿Por qué tardaste tanto para terminar “Carry On”, el segundo?

-Por Audioslave. Estuve ahí varios años y no podía trabajar en otras cosas más que en las canciones del grupo. Pero no la pasé mal, disfruto ensayar canciones en una habitación con otros músicos, lo que hice con ellos y, antes, con Soundgarden. Ahora es un gran cambio, estuve con aquellos tipos cinco, seis años. Me reconcentré mucho en mí mismo para mi disco Carry On, y eso me gustó.

-¿Cómo manejabas la popularidad mundial de los años 90?

-Simplemente tenía mucha más gente alrededor, todo el tiempo. Pero la cosa me aburría, había un montón de dinero dando vueltas y, con eso, venía la necesidad de gastarlo. Me pasaba un año haciendo un disco de un millón de dólares… y gastando más dinero. No quise seguir en eso. La gente se distrae mucho con la plata y se pierde el foco principal, que es la música, y eso es lo que pasó con otras bandas de Seattle. Salir de gira es el alma de un grupo y hubo un tiempo en que ya no podíamos subirnos a un micro. Era difícil ser tan popular.

-Y ahora, entonces: ¿qué clase de rock star querés ser?

-Ya no sé si quiero ser un rockstar. Sólo quiero seguir grabando mis discos solistas y hacer lo que me haga sentir bien.

Un evangelio del recuperado: con la templanza del que “está de vuelta”, Chris exhibe su alejamiento del exceso y este inicio como crooner de casino con ambiciones sinatrianas, ya decidido a ser más clásico que moderno. “Es que no creo que lo moderno’ hoy sea buena música: la modernidad es como una inyección de droga, una adicción”, y acá estira los brazos flaquísimos, verdes de tan venosos. “Elvis Costello o Talking Heads ya son clásicos que hacen buena música”.

-Sobre clásicos modernos, ¿cómo se te ocurrió tu versión de “Billie Jean”?

-Sólo quería divertirme. Estaba buscando una canción que pudiera sorprender e incluso ser divertida sin volverse cómica. Claro que no sé si fue tan divertido para los fans de Michael Jackson, porque mi versión no se parece demasiado… a una canción de Michael Jackson.

-¿Y cuál es tu tema favorito de Bond?

-Me acuerdo de Goldfinger: la voz de Shirley Bassey es sencillamente grandiosa. Con Casino Royale quise ser un crooner porque es un tema para una película, no sobre algo de la realidad. Entonces, busqué crear un estado de ánimo más que una canción, al estilo de los viejos cantantes, como Tom Jones, que hizo Thunderball y es un fenómeno…

Un silencio, y Cornell se extravía un instante. Al ícono del grunge que sobrevivió a Cobain y hoy es un gourmet se le cruza otro tema y, en la respuesta, quizá pueda leerse una parábola involuntaria sobre su propia vida: “¿Sabés? Pensándolo bien, tal vez mi favorito sea Vivir y dejar morir”.

Publicado en Clarín

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