El pibe maravilla que gambetea la homofobia

Wonderkid

“WONDERKID”.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Hay cinco mil futbolistas profesionales en Inglaterra. Ninguno es públicamente gay. El año pasado, la revista Vice publicó el dato que desafía todas las estadísticas (se calcula que el diez por ciento de la población mundial es homosexual) y, en la adaptación local, una comparación similar: de los miles de futbolistas profesionales en la Argentina ninguno es públicamente gay. Intrigado por los prejuicios atávicos de este deporte que tolera cualquier cosa menos la diferencia sexual, el cineasta inglés Rhys Chapman dedicó cuatro años de su vida a filmar Wonderkid, la película que se convirtió en un pequeño fenómeno de época al mostrar el derrotero futbolístico y personal de Bradley McGuire, un pibe maravilla que no quiere ocultar su sexualidad en un equipo de machotes: en menos de noventa minutos gambetea la homofobia. 

“Su talento es indiscutible pero hay algo en su personalidad que no puede ser tolerado”, censura un comentarista deportivo desde la cabina del estadio y para McGuire el campo de juego se convierte en un infierno de césped. Al ser fichado por un club de la Premier League, cada domingo tiene que enfrentar la hostilidad del vestuario y el insulto del hooligan, que se expresa en las mil y una maneras de gritarle “¡puto!” a alguien. Producida por el actor Stephen Fry, que interpretó a Oscar Wilde en el cine, y con música de Moby, la emocionante Wonderkid se estrenó por televisión en el canal deportivo Sky Sports 1 de Inglaterra y ahora está disponible para ver gratis en Internet. “El fútbol es el deporte más mirado y practicado en el mundo”, dijo Chapman, su director: “Por eso, es el catalizador perfecto para dar un paso adelante en cualquier tema que enfrente la sociedad moderna”.

Si es cierto que el fútbol está vinculado con la virilidad sin máculas, ¿qué pasa cuando alguien no se ajusta a ese canon? “Los deportes de equipo siguen siendo el gran núcleo de homofobia dentro de la sociedad”, me dijo un jugador durante una entrevista para Diverso, el programa de televisión que hice en un canal público con el objetivo de explorar las alternativas sexuales de la modernidad. Más aun que las fuerzas armadas o la iglesia, el deporte es la institución social que más rechaza la diferencia. En el vestuario o en la cancha, el gay es denigrado hasta el insulto o el golpe, en una infinita variedad de puteadas que conducen a lo mismo: un folklore grotesco que se obsesiona con el desfloramiento del adversario justo ahí donde la esencia del juego consista en meter una pelota por la retaguardia.

El fútbol que conocemos es estrictamente masculino y heterosexual. Y punto. En Wonderkid, el pibe maravilla esquiva el rechazo con angustia existencial, destreza deportiva y finalmente hombría de bien. “Es desconcertante que el fútbol sea una institución que vaya tan atrás de cualquier otra en la aceptación de la comunidad gay”, razona Chapman. Último bastión de una sociedad antigua y reaccionaria, el fútbol se debe una actualización: es la hora, referí, de que se abra el juego a la diversidad y se acepte al que patea para el otro lado.

Publicado en La Nación

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