El empleo del tiempo en las callecitas de Roma

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Roma, Ugo Cornia

“ROMA”, LA NOVELA DE UGO CORNIA.

“Siempre he pensado que el mundo se divide entre trabajadores y no trabajadores”: de todas las divisiones posibles que existen entre los hombres, la más importante para él es la que distingue entre aquellos que cumplen un horario, tienen un jefe y cobran un sueldo… y los que no. A los treinta y tres años está entrando en la edad de la razón y está dejando atrás las changuitas en la provincia para mudarse a la capital y aventurarse ante su primera relación seria con el trabajo: sin nombre propio, el protagonista de Roma, la muy encantadora novela que acaba de publicarse acá, valora más el ocio que el negocio porque sigue prefiriendo perder el tiempo que emplearlo en un trabajo. Esta fábula vitalista, repleta de pensamientos lúcidos sobre la insensatez de la manía productivista, es una obrita maestra del escritor Ugo Cornia, a quien bautizaron como “el Woody Allen italiano” y propone una de las pocas cosas que esta época no perdona: no trabajar. 

“En el ambiente flota esa idea de que alguien que no trabaja es un ser inferior, alguien que sigue siendo todavía un poco crío”, dice el protagonista de Roma, que no es el heredero tarambana de una familia millonaria ni un anarquista fanatizado: nacido y criado en la clase media baja de Módena, elige arreglarse con poco pero disponer de sus días y sus madrugadas para pasear junto al río Tíber o conversar con las chicas que conoce en el colectivo. “Al no trabajador la vida no laboral se le aparece de inmediato como la vida verdadera o la vida plena”, piensa: fóbico de los exámenes preocupacionales y de los relojes para fichar tarjeta, pasa sus días más dedicado a la contemplación que a la oficina. Pero, se sabe, Roma es el anagrama de amor y este joven ama la vida: no es un vago sino un flâneur según el arquetipo clásico de los escritores franceses. Si hace doscientos años Honoré de Balzac definió la flânerie como “gastronomía para los ojos”, y después Charles Baudelaire consagró al paseante observador como el epítome de la experiencia urbana moderna, ahora Ugo Cornia transporta esa figura de las avenidas de París a las callecitas de Roma y convierte al pensador indolente en un pequeño revolucionario: en la era del ultracapitalismo, a nadie se le permite no producir.

En su candor hostil ante los mandatos jerárquicos, el protagonista se rebela en una resistencia pacífica: como Bartleby, el escribiente, a los empleos precarios, las horas extra, los pagos en negro, los jefes tiránicos o los francos adeudados dice “preferiría no hacerlo”. Y aquí radica el carácter revulsivo de esta novela: si estamos acostumbrados a oír sobre “la ética del trabajo”, ¿por qué nadie habla de la ética de aquel que no se somete al yugo? “Esa expresión típica de ‘realizarse en el trabajo’ nunca he logrado entenderla del todo”, razona el antihéroe: “Nunca he entendido si me parece más una doble condena o un doble esfuerzo”. Las calles están llenas de gente y las mañanas o las tardes, repletas de ocasiones para ver pasar la vida y hacía allí va este quijote contemporáneo porque, lo intuye pero también lo sabe, Roma no se hizo en un día de trabajo.

Publicado en La Nación

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