Confesiones de una máscara

Un viaje con Barthes a México y su máxima expresión de la teatralidad: la lucha libre.

Souvenir: recuerdos de CDMX.

Místico

MISTICO.

Envuelto en un halo beatífico, deja el ring hecho un chiquero pero él no se ensucia los zapatitos blancos. La máscara, también blanca, está ornamentada con rayos dorados y esta noche en que Místico se enfrenta a Atlantis, los mandobles y las patadas parecen capaces de separar los océanos. Si es cierto que la principal virtud del catch es la de ser un espectáculo excesivo, en el ringside del Arena México soy salpicado con las gotas de sudor oceánico de Atlantis pero aunque una llave pueda inmovilizarlo por algunos segundos Místico ni transpira: es puro éxtasis religioso. Los espectadores (¡somos miles!) consentimos un pacto de silencio aun en el estruendo de la multitud: suspendemos la incredulidad porque en la lucha libre, como en el teatro, se confía a ciegas en la virtud de todo espectáculo: sólo importa lo que se ve. 

Aunque se diga que cualquier arte marcial está repleta de simbolismo, no hay disciplina más cargada de interpretación que el catch. “La función del luchador no consiste en ganar sino en realizar exactamente lo que se espera de él”, escribió Roland Barthes en sus Mitologías y a mí la experiencia me deja anhelante de sentido (al día siguiente de la pelea y en pleno viaje al DF compraré una edición mexicana del librito, con tapa beige y la reproducción de una acuarela horrorosa, que todavía tengo). El semiólogo total dijo que “el catch propone gestos excesivos, explotados hasta el paroxismo de su significación” y en el cuadrilátero Atlantis parece invocar las fuerzas marinas con cada toma pero Místico permanece inmutable como una tabla sagrada. Igual que en el teatro antiguo, corresponde a la máscara dar el sentido trágico del espectáculo (“cuando me pongo la máscara siento como si me pusiera mi propia cara”, dice Súper Muñeco en el catálogo fotográfico de los luchadores). Debajo de la careta se adivina el sufrimiento estoico pero Místico es un héroe impasible y si todo deporte resume el drama de la vida la lucha libre mexicana es comedia humana en su expresión definitiva. Los Técnicos, peleadores nobles de modales impecables, se oponen a los Rudos, maliciosos que no dudan en usar a su favor todos los trucos del juego sucio. Y entre ellos, los Exóticos, una tercera vía de luchadores no alineados con la masculinidad imperante, como el muy afeminado Máximo, que ingresa al Arena México con una toga mínima vagamente inspirada en la moda romana pero de color fucsia estridente.

“Nadie le pide al catch más verdad que al teatro”, comparó Barthes y esta farsa representa la lucha eterna del hombre sin que hagan falta decorados, luces, recitados o vestidos. Apenas una máscara: cuando salgo del Arena, una horda de vendedores ambulantes me ofrece los mil souvenirs y, acaso embebido de un furor heroico y tres vasitos de tequila, compro una máscara de azul eléctrico y fileteados blancos. En pleno delirio religioso, un objeto mágico que distingue el bien del mal.

Publicado en Brando

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