Quién mató al hombre que sabía demasiado

Barthes

ROLAND BARTHES.

El martes 25 de marzo de 1980 muere Roland Barthes. El mayor semiólogo del siglo XX da su último suspiro después de varios días de una dolorosa agonía, provocada por las heridas que le causa una furgoneta que lo atropella frente a la Sorbona. “Todo es signo”, habría dicho de poder hablar. Hasta ahí, los hechos. Pero una mitología nunca confirmada (en fin, como toda mitología) dice que a Barthes, en realidad, lo mataron: el pensador total era el poseedor de un truco retórico que puede convencer a las masas de cualquier cosa y los sospechosos del crimen son los mismísimos François Mitterand, Michel Foucault, Julia Kristeva, Phillippe Sollers o Umberto Eco. Ésta es la rocambolesca trama de La séptima función del lenguaje, la segunda novela del escritor francés Laurent Binet (después de HHhH, que narraba con enormes libertades la vida de Reinhard Heydrich, “el hombre más peligroso del Tercer Reich”) y en sus deliciosos disparates la obra deslumbra al narrar la Historia según la óptica personal. 

“Tengo ganas de contarles lo que realmente sucedió”, arriesga Binet en las primeras páginas de la novela como promesa de su propia versión de los hechos: en sus dos libros, el narrador no es ajeno a lo que sucede y su mirada (como la de cada uno) interpreta los acontecimientos mientras mezcla personajes y documentos reales con ficciones delirantes. Todos podemos ser personajes en sus historias, así como somos actores de reparto en los dramas protagonizados por otros. Hace dos veranos compartí un almuerzo con él y otros escritores famosos durante un festival literario y recuerdo que entonces no pude evitar pensar cuántos de los pequeños incidentes de una comida cualquiera, el temblequeo de un venerable autor griego de policiales o la predilección por los licores de una novelista española, serán episodios de un futuro libro suyo.

En esta novela, que fue definida como una fusión de El club de la pelea, El nombre de la rosa y el ficticio Tintín en el país de la Teoría Francesa, dos detectives semiológicos buscan resolver el misterio de la muerte de Barthes y en la aventura airean los trapitos de los grandes intelectuales: la debilidad de Foucault por los muchachitos árabes, la voracidad de Kristeva por el poder fálico o la frustración de Sollers ante la impotencia crepuscular. Si Binet es un hijo de la Academia (enseña literatura en la Universidad de París), acá cumple con el mandato freudiano: mata a los padres.

“Intérpretes hay por todas partes”: las palabras de Jacques Derrida que prologan el libro resultan proféticas ante lo que sigue (“las argucias del intérprete son muy amplias y nunca prescinde de sus intereses”, concluye). Según la trama de La séptima función del lenguaje, la realidad está orquestada por una logia secreta de pensadores y políticos y el gobierno de Mitterand, y también los de Reagan o Thatcher, habrían sido apenas los primeros pasos de un maquiavélico plan semiológico para dominar el mundo. ¿Verdad o ficción? Como conclusión inevitable, en esta afiebrada intriga intelectual resuenan, con el peso ominoso de un estruendo, las célebres palabras de Nietzsche: “No existen los hechos, existen las interpretaciones”.

Publicado en La Nación

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s