Adónde van los punks sin casa cuando llueve

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VIRGINIE DESPENTES.

Hace semanas que no compra café: para mí, un fanático con vocación escandalosa (“soy un drogadicto: tomo diez cafés por día”, escribí alguna vez), es el colmo de la miseria. Pero a los cuarenta y pico, el francés Vernon Subutex tampoco tiene para pagar los cigarrillos o la cerveza, menos todavía el alquiler, y cuando muere su amigo y mecenas, el rockero superstar Alex Bleach, queda en Pampa y la vía (suponiendo que en París hubiera una calle Pampa que cruza una vía, que no la hay). Así empieza la sensacional novela Vernon Subutex I, primera parte de la trilogía literaria escrita por la artista total Virginie Despentes y que es la comedia humana actual que habría encantado a Balzac y que pinta una época: ésta. En sus años buenos, Vernon era dueño de una disquería y con el colapso de la industria se materializa el terror máximo de todos los que nacimos en familias sin fortunas ni abolengo: quedarnos sin lugar adonde vivir y eso, según Despentes, “que sea un temor realista o nacido de un exceso de pesimismo da igual”. 

Posfeminista, neoanarquista y punk adaptada, Despentes es escritora y directora de cine y su trilogía, de la que ya se publicaron los dos primeros volúmenes en francés, se convertirá en una miniserie. La cámara adorará a esta corte de entrañables perdedores, casi todos: seres arruinados por el ultracapitalismo. Cuarentones con andropausia, cincuentonas calentonas embutidas en calzas XS, trolls que arruinan reputaciones en redes sociales o vagabundas que reflexionan sobre la crueldad del empresariado, superpuestos en un coro de voces que acumulan frustración y humor negro. Entre ellos, el inoxidable Vernon, que conserva la elegancia aun en el desastre y que, como antiguo dueño de una disquería, es el antihéroe perfecto al menos por dos razones. “Primero, porque en la industria del disco se cristaliza sin duda el cambio de un siglo a otro; algo supuestamente indestructible desaparecía en un par de años, como muchas cosas que hemos conocido y que han cambiado de golpe”, explica Despentes: “Segundo, porque veía en el rock una cultura capaz de definir cómo los sueños de una juventud se habían roto”. Al borde del colapso, pero todavía sin claudicar, sus personajes nos muestran qué pasa cuando envejecen aquellos que se habían jurado vivir rápido y morir jóvenes.

Acaso sean el reflejo del espejo en que se miran las enormes minorías que leyeron Vernon Subutex I este verano: es el libro que más vi en carteras de amigas y mochilas de amigos (además de drogadicto del café, soy un voyeur de las lecturas ajenas y siempre espío qué leen los que me rodean, conocidos o anónimos). En la saga de Vernon los optimistas encuentran razones para gozar del momento y los pesimistas, motivos para el desvelo: si fuera cierto que el futuro es apenas una degradación del presente, sólo se necesita tiempo para que la comedia humana se transforme en tragedia porque, según la muy cínica Despentes, “la vida suele jugarse en dos manos: en el primer reparto, te amodorra haciéndote creer que controlas, y en el segundo, cuando te ve relajado e indefenso, te pasa por encima y te destroza”.

Publicado en La Nación

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