La más lunática de las conspiranoias

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OPERACION AVALANCHA

“La NASA no puede llegar a la Luna”. En los años previos al mítico 1969, los astronautas yanquis sólo tienen una obsesión: ganarle a los cosmonautas rusos la conquista del espacio. Atormentado por la imposibilidad técnica (el Apollo XI todavía no está preparado para alunizar), un agente ultrasecreto de la CIA tiene una ideota que aún hoy anima discusiones: filmar en un estudio la llegada del hombre a la Luna con la misma tecnología que usaba Stanley Kubrick para rodar 2001, odisea del espacio. Con el grano grueso y los colores sepiados, la película Operación Avalancha exhuma los archivos fílmicos supuestamente clasificados en aquella época y, en su cruza bastarda de Mad Men con El proyecto Blair Witch, consagra la debilidad por las conspiraciones como furor de la época y plantea una hipótesis: no es una mentira si alguien lo cree. 

Anteojos de marco grueso, cigarrillos omnipresentes y el pulso nervioso de la cámara en mano: con la veracidad simulada de un falso documental, Operación Avalancha ofrece argumentos para la charla de sobremesa, ésa que postula verdades irrefutables sobre las sociedades secretas que gobiernan el destino del mundo, la fuga de Hitler a la Patagonia, el robo de las manos de Perón o la frustrada llegada del hombre a la Luna. Si es cierto que en tiempos de incertezas políticas se refuerzan los pensamientos mágicos, la debilidad por las conspiraciones resume una paradoja actual: cuanto más escépticos somos sobre el funcionamiento de las instituciones más creemos en teorías conspirativas (el sitio Conspiranoias.com es uno de los más consultados del mundo y en mi programa de radio la sección del mismo nombre convoca a una legión de oyentes crédulos y trasnochados). Según el maestro Noam Chomsky, la conspiranoia es lo contrario al orden institucional: la obra siempre dañina de las coaliciones secretas de poderosos se opone a la acción pública de organismos o gobiernos que velan por el bien común. En Operación Avalancha, el director Matt Johnson muestra cómo la CIA orquestó la mayor de todas las farsas: una proyección de la película muda Viaje a la Luna, del legendario George Méliès, inspiró a la agencia a filmar lo mismo pero con más tecnología.

Así en el cine como en la vida flota una pregunta filosófica: ¿es más importante que un hecho sea verídico o verosímil? En su fascinación por el artificio, Operación Avalancha es un testimonio del poder del cine como creador de realidad en tanto haya por lo menos un espectador que diga para sí: “Quiero creer”. La superficie arenosa de nuestro satélite natural, la bandera que no flamea y la frase espontánea de Neil Armstrong (“un pequeño paso para el hombre…”) que en realidad estaba guionada en Houston: la película quiere demostrar que todo fue falso. Y aunque se exhibió a sala llena en el último festival de Mar del Plata, hoy se puede ver en el mismo sitio donde se ofrecen pruebas contundentes de que las vacunas producen autismo o de que Elvis no murió y vive en el conurbano bonaerense: Internet está repleta de teorías conspirativas y copias piratas.

Publicado en La Nación

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