El plomero más famoso del mundo sigue a las corridas

marios-bros-1

MARIO BROS.

Un plomero italiano que nació en Japón, pero vive en Brooklyn y es famoso en todo el mundo: con su overol azul y su mostacho espeso, Mario es el epítome de la globalización. Y también es el ícono de una época vertiginosa, donde el éxito, la velocidad y la eficiencia son los atributos más valorados. Siempre urgido de rescatar a la princesa Peach, su mayor aptitud no es empastar la pinchadura de un caño ni cambiar un cuerito que gotea, sino correr y saltar maníacamente para llegar al fin del día con la labor cumplida: menos un héroe clásico que un cuentapropista sin vacaciones ni aguinaldo. Hace unos días, el lanzamiento del jueguito Super Mario Run, el primero disponible para celulares (“¡Por fin llegó! Ya estamos haciendo acrobacias con un solo dedo gracias a unos controles maravillosamente sencillos”, se exalta en el App Store) mete al plomero en el bolsillo de medio mundo: cuando vibre la entrepierna, Mario otra vez saldrá corriendo.

Con la retórica inflamada con que se cuenta toda historia de éxito, se dice que Mario nació en 1981, cuando la empresa japonesa Nintendo presentó el juego Donkey Kong y el hombrecito era carpintero y se llamaba Jumpman, en reconocimiento a su mayor habilidad (saltar). Pero el ejecutivo Minoru Arakawa quería un nombre más memorable y una tarde en que visitó sus oficinas en Seattle conoció al dueño del edificio, un tal Mario Segali, que respondía al clisé del tanito castigador, irascible y bigotón. El resto es mito. Con nuevo nombre, Mario Bros. y sus versiones posteriores vendieron quinientas millones de copias, sus personajes se convirtieron en caricaturas ubicuas que estampan remeras o modelan joyas de 24 kilates y, aun con sus facciones itálicas, son emblemas de la japonería moderna: en la clausura de los últimos Juegos Olímpicos, el primer ministro Shinzo Abe hizo su aparición triunfal vestido como el plomero. Pero el juego nuevo es un plomo (perdón). Debo confesar que cometí un error cuando lo descargué a mi teléfono mientras escribía esta columna (la tarde se me escapó como arena entre los dedos) y al final de las horas derrochadas sufrí la culpa por el tiempo perdido: nacimos casi para la misma época, pero yo me hice grande aun en una adultez infantiloide y él sigue corriendo como loco, sin madurez, reposo ni evolución. El dilema llegó hasta la revista The Economist: “Mario tuvo un éxito enorme. Pero ¿podrá sobrevivir en la era de los jueguitos móviles?”.

Hace unos años, un grupo de italonorteamericanos organizó un boicot contra el personaje porque sus características refuerzan los clisés. “Él es muy específico: un plomero italiano de Brooklyn”, escribió el crítico Jeff Ryan en Super Mario: How Nintendo Conquered America, una biografía del hombrecito: “Pero nunca practica su oficio ni habla de su patrimonio cultural. Es sólo un avatar”. Sin pasado ni futuro, Mario está congelado en movimiento: condenado a correr de una punta a la otra, será una parábola de la explotación laboral mientras no se le permita ni un minuto de descanso aunque sea el único plomero de la historia que hizo multimillonario a su patrón.

Publicado en La Nación

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s