Perdidos en la madrugada de Tokio

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MIDNIGHT DINER: TOKIO STORIES.

“La comida es como la vida; no podemos hacer elecciones racionales todo el tiempo”. En la renuncia de la dieta, el señor Shimada se permite la módica locura del exceso. Es uno de los parroquianos habitués de Shin’ya shokudou, un pequeñísimo restaurante de menú fijo que funciona entre la medianoche y las siete de la mañana en un callejón de Tokio. Y junto al exotismo de un tan-men (un caldo de vegetales con fideos que una clienta pide… sin fideos), el señor Shimada descubre a un antiguo amor de su juventud. Bajo la severa mirada de un cocinero que se hace llamar The Master, el saloncito comedor funciona como escenario para la vida: la nueva serie japonesa Midnight Diner: Tokio Stories, que se puede ver en Netflix, ya es la más inspiradora del año y en su revoltijo de tan-men, salchicha empanizada, omurice, tofu de huevo y batata salteada confirma un berretín de la época: la comida como fetiche cultural o guía moral. 

Con cierta vocación turística, la serie es un catálogo de lo que se espera ver de Tokio (multitudes, neones y reverencias) y lo que no: ídolos de súper acción que anhelan convertirse en geishas o maestros que traicionan a sus discípulos y viceversa. Los personajes siempre encuentran la parábola en el fondo de la olla porque un caldo de vegetales con fideos sin fideos puede ser una metáfora existencialista (similar a la anécdota de Sartre en un café parisino donde pide un café negro sin crema y el mozo, después de unos minutos de ausencia, regresa a la mesa y dice al filósofo: “Lo siento señor, no tenemos crema. ¿Podría traerle el café sin leche?”). Atormentados o felices por sus japonerías de todos los días, los parroquianos encarnan una breve antología de las emociones humanas y sólo se conectan entre ellos mediante la cocina del estricto The Master, que ofrece valiosas lecciones para la vida: pequeñas epifanías hervidas al calor de un wok. En el anonimato de una ciudad superpoblada, una comida preparada entre gallos y medianoche es tan valiosa como un buen consejo paternal.

Basada en un manga que fue best seller, Midnight Diner derivó en una película y una serie: cada episodio se titula con el nombre de un plato y el guión siempre encuentra una excusa para mostrar la receta, con menos didactismo que el canal Gourmet pero más poesía. Si es cierto lo que dice el pensador italiano Giorgio Agamben, que en Occidente y contrariamente al estatus privilegiado que se le otorga a la vista y el oído, “el gusto es clasificado como el sentido más bajo, cuyos placeres el hombre comparte con los otros animales y en cuyas impresiones no se mezcla nada de moral”, en Oriente la comida es sagrada para el cuerpo y el alma: el buen gusto es una sabiduría que va más allá de combinar la camisa con los zapatos y el alimento es nutriente físico y espiritual. “Cuando la gente termina su día y se apura para llegar a su casa empieza mi día”, dice The Master y uno duerme tranquilo: la noche que no pueda conciliar el sueño por un problema, un samurai de las hornallas estará en vela para servir un plato de tan-men, un vaso de sake y un buen consejo.

Publicado en La Nación

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2 pensamientos en “Perdidos en la madrugada de Tokio

  1. Hola, Nicolás. Sigo con interés tus comentarios en LN y, a veces, en Brando, y también he visto frecuentemente Diverso, programa que elogio porque no responde a estereotipos marcados. Siempre me ha llamado la atención, cierta coincidencia en las miradas, a pesar que nos separan algunos lustros. Una cuenta, ésta, en la que tener más, no es de por sí una ventaja. Pero lo que me ha causado gracia, es que a veces las coincidencias son milimétricas. Como cuando definiste a Lisboa, como la Montevideo de Europa, algo que vengo repitiendo como chiste hace años, o que tu canción mala favorita, sea La gata bajo la lluvia, que forma parte de mi top five en ese rubro. Pero cuando vi que reparaste en Midnight diner -ignorada por casi todos los que transitan por el planeta Netflix- me dije; le escribo y se lo cuento. Espero, entonces, que sigas escribiendo como lo hacés, y que eventualmente sigamos coincidiendo. Te mando un abrazo. Guillermo.

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