La llanura solitaria de una novela en Mongolia

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MONGOLIA.

¿Cómo ocultar un crimen en el país más vacío del mundo? Si una máxima de la lógica detectivesca dice que la mejor manera de disimular algo es dejarlo a la vista de todo el mundo, en Mongolia hay mucho lugar para eso. Son 3 millones de habitantes en 1.500.000 metros cuadrados: la población del Uruguay en un territorio con el tamaño de Irán. En las llanuras infinitas, el comisario Yeruldelgger Khaltar Guichyguinnkhen debe encontrar al asesino de una nena de cinco años enterrada junto con su triciclo: más Harry el sucio que Sherlock Holmes, el protagonista de la novela Yeruldelgger, muertos en la estepa, recién publicada acá, mantiene el suspenso durante quinientas páginas y confirma el éxito de un subgénero de época: el policial etnográfico. 

“Montalbano en Sicilia, Wallander en Suecia, Jaritos en Grecia y ahora Yeruldelgger en Mongolia”, acierta la editorial Salamandra en la promoción del libro: la síntesis del marketing aplicada a la taxonomía de un fenómeno. Ahí donde la etnografía sea “la ciencia del pueblo o el estudio sistemático de personas y culturas” (no lo digo yo sino Wikipedia), una nueva generación de novelas negras conjuga la intriga policíaca con la crítica social, desde las fisuras del estado de bienestar sueco a los dilemas de Mongolia, un imperio tan vasto como vacío o un gigante atrapado entre Rusia y China, dos ogros siempre tentados de devorarlo. La mitad de sus habitantes son nómades que deambulan por una grieta espacio-temporal: libres de ser pobres para admiración de los turistas, todavía viven en yurtas, las carpas iguales a las que usaba Gengis Kan hace mil años, y salpican leche de vaca hacia los cuatro puntos cardinales para que la suerte acompañe a los viajeros, pero lo que más anhelan en el desierto es un enchufe para cargar sus smartphones y no perderse ningún capítulo de CSI: Miami. En Yeruldelgger, muertos en la estepa, el escritor francés Ian Manook reconstruye la etnografía de un pueblo bravo y registra las tensiones entre la tradición mongol, el legado soviético, la opresión china y el ultracapitalismo actual, que parece ser el sistema más eficiente para terminar con los rituales atávicos de una nación supersticiosa (en la novela aprendí que nunca se ingresa a una yurta sin anunciarse con la frase “¡atá a tus perros!”: más que la mordida, se teme el mal agüero que pueda traer la indiscreción de llegar sin haber sido invitado).

Con el exotismo como norte, Manook, que además es periodista especializado en viajes, reparte el thriller entre las tribus nómades de las estepas y la fealdad de la capital Ulán Bator, un nido de crimen y racismo en el que la desesperanza se impone sobre el optimismo. “Como si la vida cotidiana de la gente, en aquel país inmenso y magnífico, se hubiera tornado mezquina en un presente raquítico, sin más ambición que sobrevivir al paso de los días”, escribe Manook, mientras su detective literario sigue buscando al asesino de una nena de cinco años en la antigua y virgen Mongolia, donde se usa la misma palabra para decir “féretro” y “cuna”.

Publicado en La Nación

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