Varados en el paraíso

Un chapuzón bautismal en el mar, luego de una semana de lluvias en la “Polinesia brasileña”.

Souvenir: recuerdos de viajes

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ILUSTRACION: NICOLAS BOLASINI

La promesa de una Polinesia a dos horas de avión desde casa es tan seductora como incierta: ávidos de calor después de un frío largo, aterrizamos en San Pablo y alquilamos un auto para viajar más hacia el norte hasta Itamambuca, el paraíso de arenas blancas y aguas crespas en las afueras de Ubatuba, la ciudad que tapona con mata atlántica la playa casi virgen. Diogo, un amigo paulista que vive en Buenos Aires, me cuenta que le dicen “la Polinesia brasileña” por sus paisajes fabulosos y sus mares cristalinos. Pero la fantasía del veraneante verdoso que retoza al sol y resucita de entre los muertos se frustra ya desde la ruta, casi invisible por los baldazos de agua dulce que caen desde el cielo. Todavía es temprano para saberlo, pero el tiempo será implacable: no parará nunca. En angustiosa ronda de consultas con los baquianos, se nos devela que a la ciudad de Ubatuba los conocedores le dicen Uba-chuva: llueve siempre. 

¿Qué hacer en el paraíso cuando el paraíso se nos devela hostil y nos niega la posibilidad de su disfrute? ¿Qué pasa cuando nos esquiva la ilusión de felicidad que se deriva de su belleza natural? Acaso mi pecado original haya sido no haber leído antes de viajar el libro que traje de vacaciones conmigo: tal vez habría sido profético. En Varados en Río, un hermoso anecdotario de la vida de cuatro escritores desterrados en el paraíso, el español Javier Montes se lamenta: “No dejó de llover ni un solo minuto de la primera semana”. A mí me pasa lo mismo. Refugiado en la lectura bajo un techo de chapa (la tormenta infinita estimula mi concentración, aun en su estruendo), identifico sus descripciones como las mías propias: “Diluvios horizontales barrían la playa desolada, la humedad empañaba los espejos y el cristal de las gafas. El sol ni se adivinaba, y a las cinco de la tarde, de golpe, el día de perros se volvía noche de lobos”. Llueve, llueve, llueve. En la ilusión de un Shangri-Lá cercano, mis tres amigos y yo olvidamos consultar el pronóstico meteorológico antes de viajar aunque un oriundo nos habría dicho que en esta época pueden perderse semanas enteras de diluvio. El clima es una de las tantas cosas que no podemos controlar y nuestros afanes previsores (no olvidarnos la malla, el protector solar, el repelente antimosquitos, la plata, el pasaje y el documento) resultan vacuos ante la parábola natural.

Despejado el riesgo de una insolación, hartos ya de estar hartos (en este viaje a Itamambuca entre nosotros se repite mucho el refrán simplón “el hombre propone y Dios dispone”) decidimos zambullirnos en el mar incluso bajo una cortina espesa de lluvia y, aunque trémulos ante la probabilidad maldita de un rayo en plena tormenta eléctrica, no distinguimos si estamos empapados de agua dulce o agua salada. En cualquier caso, el efecto es bautismal. Si los únicos paraísos deseables son los paraísos perdidos, después de una semana de lluvia por fin encontramos el nuestro.

Publicado en Brando

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