Mitos eran los de antes

Cuando la revisión historiográfica se combina con la cultura pop.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

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Dos mil años antes de nuestro infame siglo XX, Julio César se convirtió en uno de los primeros genocidas de la historia: su conquista de las Galias fue un holocausto, aunque no se estudie en la secundaria. Y de todos los líderes políticos contemporáneos el que más se le parece es Donald Trump. Se dice que la legendaria naricita de Cleopatra en realidad era el pico de una mujer más bien fiera, que Rómulo y Remo eran amamantados por una loba pero que así se les decía a las prostitutas en los tiempos de la fundación de la ciudad y que el muy extravagante Nerón tuvo algún rasgo de sensatez: prohibió que los esclavos usaran uniforme porque, en tal caso, se habrían dado cuenta de lo numerosos que eran. Si es cierto que el mito es un habla, y que no podría ser un objeto, un concepto o una idea sin folklore propio (el mito es pura significación), el sensacional libro SPQR: una historia de la antigua Roma, recién publicado acá, demuele cada uno de los mitos de la romanidad con rigor histórico: detrás de la sigla que significa Senatus Populus Que Romanus (“el senado y el pueblo de Roma”), la famosa clasicista inglesa Mary Beard sale de la leyenda y se entrega a la razón. 

“En el Julio César de Mankiewicz, todos los personajes tienen flequillos sobre la frente. Unos lo tienen rizado, otros filiforme, otros en jopo, otros aceitado, todos lo tienen bien peinado y no se admiten los calvos, aunque la historia romana los haya proporcionado en buen número”, escribe Roland Barthes en sus célebres Mitologías: “¿Pero qué es lo que se atribuye a esos obstinados flequillos? Pues ni más ni menos que la muestra de la romanidad. Se ve operar al descubierto el resorte fundamental del espectáculo: el signo. El mechón frontal inunda de evidencia, nadie puede dudar de que está en Roma, antaño”. Si en el cine a los romanos se los ve torturados en arduos debates intelectuales, siempre discutiendo temas trascendentales mientras se hacen enjabonar las espaldas por sus sirvientes, en SPQR no hay flequillos. Aunque Beard narra las intrigas palaciegas con pulso novelesco, el libro responde a una obsesión de esta época: la desmitificación de los personajes históricos (no me parece casual que en estos días también se publique Historias increíbles, un maravilloso librito en el que Paléfato, un legendario narrador ateniense, se propone explicar racionalmente los mitos griegos pero, en su afán por convertir lo increíble en verosímil, se vuelve involuntariamente cómico). Para Barthes, cualquier objeto del mundo puede convertirse en mito cuando pasa de una existencia cerrada a un estado oral colectivo y la antigua Roma, como Grecia, es todo mito en tanto se siga hablando de ella: desde las frases “pan y circo”, “llegan los idus de marzo” o “mientras hay vida hay esperanza” hasta los gladiadores, que hoy son tan taquilleros como entonces, o la Eneida, que tiene más lectores en las escuelas contemporáneas que los que tuvo en el primer siglo de nuestra era.

El mito aloja lo maravilloso y también las fuerzas irracionales del destino porque el héroe no puede escapar de él. En SPQR, Mary Beard logra el milagro: que la historia sea entretenida, erudita y certera, aunque ofrezca argumentos racionales ahí donde sólo había misterios. La revisión historiográfica se combina con la cultura pop (habla del ascenso, la gloria y la caída del imperio pero también de las películas donde los romanos tienen, invariablemente, un flequillo sobre la frente) pero al mito se contrapone la razón. La augusta Beard dice que “Roma nunca se fue del imaginario popular” y es cierto: aun hoy, todos los caminos conducen a ella.

Publicado en La Nación

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