Música para los odios

Un fenómeno de esta eterna guerra contra el terror: el sonido de la violencia.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

volumen

Así suena la guerra: “El thump-thump-thump de un helicóptero que se acerca. El zumbido del generador. Las voces humanas gritando, llorando, preguntando en idioma desconocido. ‘¡Allahu akbar!’: el llamado al rezo. ‘Down on the ground’, la orden gritada. El dadadadadada del fuego de un arma automática. El shhhhhhhhhhhhh del misil en vuelo. El fffft de la bala al aire. El agudo k-k-k-k-r-boom del mortero. El ondulado BOOM del explosivo”. En su estremecedor libro Listening to War (“Escuchando la guerra”), el musicólogo neoyorquino J. Martin Daughtry reconstruye cómo suena la batalla interminable que los Estados Unidos pelean en Irak y sobre las onomatopeyas se superponen estribillos conocidos: Kiss me baby, one more time o Exit light, enter night. Si es cierto que no escuchamos música sólo con los oídos, sino con todo el cuerpo, recién ahora se estudia un fenómeno de esta época en eterna guerra contra el terror: la música como tortura o el sonido de la violencia. 

En septiembre del 2003, un memo del general estadounidense Ricardo Sánchez autorizó a usar “gritos, música fuerte y control de la luz para crear miedo y desorientación en los detenidos y prolongar el shock de la captura”. Cuando la revista Newsweek publicó el documento militar se confirmó como verídico un viejo mito urbano: que en las cárceles de Guantánamo o Abu Ghraib los prisioneros escuchan canciones de Britney Spears o Metallica a todo volumen, día y noche, en un loop enloquecedor. Aunque los nazis fueron pioneros en el sadismo musical con la festiva polka Barrilito de cerveza sonando en los campos de concentración, y a fines de los 80 se intentó que el dictador panameño Manuel Noriega abandone su guarida en la nunciatura aturdiéndolo con heavy metal durante tres días, recién ahora el sonido se estudia como un posible instrumento del mal y los parlantes se convierten en armas tan poderosas como un fusil (en mis peores pesadillas, una idea de infierno sería un lugar donde pasen canciones de las Spice Girls una detrás de otra).

“La música acompañó los actos de guerra desde las trompetas que sonaron en los muros de Jericó, pero últimamente se convirtió en un arma como nunca antes”, escribió el crítico Alex Ross en la revista The New Yorker: “Ahora se suma al paisaje irreal de la batalla moderna”. Entre el thump-thump-thump del helicóptero o el shhhhhhhhhhhhh del misil, la guerra se musicaliza con canciones infantiles o temas metaleros capaces de turbar o confundir al enemigo y ese cruce de música y violencia se analiza en nuevas publicaciones académicas: según Daughtry, el sonido tiene una naturaleza dual porque puede, a la vez, proveer información o provocar un trauma irreparable. Somos tan vulnerables como nuestros oídos.

¡BOOM! En la batalla de Fallujah, los tanques estadounidenses fueron equipados con altoparlantes potentísimos que bombardearon canciones de AC/DC sobre los iraquíes; en Israel, los prisioneros palestinos eran atados a sillitas infantiles mientras los obligaban a escuchar piezas de música clásica a todo volumen. El sonido reúne las condiciones para ser un arma perfecta: es invisible, cruza las barreras físicas y provoca daños perdurables. Si podemos cerrar los ojos o bloquear mentalmente la vista para salvarnos de ver el horror, no podemos no escuchar. Para el francés Pascal Quignard, autor del ensayo El odio a la música, el sonido es violatorio: “Hipnotiza y provoca que el hombre pierda la posibilidad de expresarse. Al oír, se mantiene cautivo”. Estalla la cabeza nomás de imaginar la canción del sapo Pepe o una de Megadeth en repetición continua: en la ampliación del campo de batalla hasta el oído, una tortura a máximo volumen.

Publicado en La Nación

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