El popstar anónimo

Billonario en ventas, el pop coreano es furor en Oriente y casi ignorado en Occidente.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

roy-kim

La prueba concluyente de que un cantante cualquiera se convierte en una superestrella es que sus fans adapten su nombre y copien la organización de un ejército: si Justin Bieber es perseguido por una legión de believers, su irreductible corte de fanáticas, a Roy Kim lo acosan las royroses. En las calles de Seúl o de Busán, su rostro afilado de cutis perfecto adorna paradas de colectivos y gigantografías de neón porque cada disco que edita, y el último fue The Great Dipper, que salió a fines del año pasado, es un fenómeno popular. Como sucede con cualquier galancito, las chicas lo desean y los chicos lo desprecian (o lo envidian) pero aunque en Asia no pueda asomar la nariz a la ventana sin provocar una modesta revolución, ahora Roy Kim está estudiando en Washington y no lo reconoce nadie. En la broma se devela cómo funciona la geopolítica del showbiz: muy famoso en medio mundo, entre sus nuevos compañeros no es diferente a los otros coreanos porque, para aquellos de ojos redondos, los rasgados son todos iguales. 

A los 23 años, Roy Kim ya ganó Superstar K, la versión coreana de American Idol, y vendió millones de discos. Pero ni siquiera su promisoria carrera como ídolo juvenil pudo ignorar las rígidas costumbres orientales, donde el padre decide sobre el futuro del hijo: ingeniero civil y ejecutivo jubilado, dispuso que su heredero estudie administración de empresas en la Universidad de Georgetown y así se convirtió en una estrella part-time que la mitad del año estudia en la facultad como cualquier pibe anónimo y la otra mitad gira por toda Asia. Si es cierto que una cortina invisible todavía divide el planeta al medio, su mudanza provocó el disgusto de las fans: aquí o allá, nadie es profeta en su tierra. “Los coreanos son muy críticos de los artistas que se van a los Estados Unidos: les dicen que sufren american disease”, me explica Daniela Nardelli, experta argentina en pop oriental, el género musical que diagnostica la “enfermedad americana” como una dolencia cuyos síntomas son el mal gusto por el bling bling dorado, la obsesión por los autos grandes y la alimentación basada en hamburguesas y frappuccinos.

Billonario en ventas, el K-Pop, como se abrevia el pop coreano, es un furor en el lejano oriente y en el sudeste asiático, con grupos y cantantes masculinos tan populares como One Direction y Justin Bieber, pero casi ignorados en la mitad occidental del mundo. Cuando es mediodía en Washington Roy Kim asiste a clases como cualquier otro alumno aunque sea medianoche en Seúl y el canal Arirang pase sus videos hasta que se dé el pico de rating. Dulce y melancólico, encarna el arquetipo del músico sensible que enamora a sus fans: escribe sus propias canciones, toca la guitarra y no se enreda en coreografías vistosas (el sello de fábrica del K-Pop, pensado para que se copien los pasos frente a una pantalla de Pump It Up, el jueguito de simulación de baile). Para la revista The New Yorker es más parecido a John Mayer que a Justin Bieber, pero comparte con el rubio un dramita de la época: en Corea, es blanco de paparazzi.

“La música en Asia es nacional o transasiática, pero muy poco estadounidense”, escribe el sociólogo francés Frédéric Martel en su libro Cultura mainstream: en Japón o Corea la música nacional representa el 80 por ciento de las ventas porque la industria yanqui no advirtió que japoneses o coreanos quieren escuchar canciones en su idioma. La parábola de Roy Kim es la de un popstar de emociones encontradas en un mundo dividido: con un dulce patetismo, se camufla con capuchas y anteojos para salir a la calle y despistar a royroses y fotógrafos, antes de darse cuenta de que allí no lo sigue nadie.

Publicado en La Nación

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