Volver a ser o no ser

El eterno reciclado de las obras culturales y la obsesión por reversionar el pasado.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Shakespeare 2016

Joven pero ya avinagrada, Kate Battista es una maestra sarcástica y descarriada que tiene un padre médico y un problema grave: él quiere casarla con su ayudante ruso para que no sea deportado. En el matrimonio por conveniencia hay un conflicto romántico y en la semejanza, ninguna coincidencia: la novela Vinegar Girl, recién publicada en los Estados Unidos, es una versión moderna de La fierecilla domada, el sainete de William Shakespeare que es una de las comedias más famosas de la historia. A cuatrocientos años de la muerte del Bardo, el proyecto Hogarth Shakespeare invita a varios de los autores más populares de hoy a reescribir las obras más icónicas del ayer, como la estadounidense Anne Tyler, que convirtió a la indomable Catalina en Kate, o el oscuro noruego Jo Nesbø, que en su versión de Macbeth actualiza una frase célebre en la era del terrorismo globalizado: “Es menor un peligro real que un horror imaginario”. En el homenaje, el proyecto resume un fenómeno de época: el eterno reciclado de las obras culturales y la obsesión por reversionar el pasado. 

“Las obras de Shakespeare fueron actuadas, leídas y amadas a través de todo el mundo. Y fueron reinterpretadas para cada nueva generación como películas adolescentes, comedias musicales, aventuras de ciencia ficción, cuentos de guerreros japoneses o transformaciones literarias”: en su manifiesto, la muy respetada editorial Hogarth, fundada por Virginia Woolf en 1917 con la ambición de publicar la mejor literatura de su tiempo, consagra el readymade como furor actual: en este boom de la memoria, sólo parece encontrarse inspiración en el pasado. ¿Cómo pueden resultar actuales los conflictos y las emociones de una época en la que no existían las vacunas, la luz eléctrica, los programas de chimentos ni el Pokémon Go? En su monumental ensayo La invención de lo humano, el crítico Harold Bloom afirma que Shakespeare nos creó tal como somos y que sus obras son la primera taxonomía de las emociones, desde el ingenio pícaro de Falstaff a la inteligencia sublime de Hamlet, del infierno aterrador de Macbeth a la agudeza malévola de Yago. Si es cierto que el espíritu humano es un muestrario de posibilidades que se pueden catalogar, según Bloom, las Obras completas de Shakespeare bien podrían llamarse igualmente El libro de la realidad porque constituyen un canon universal donde todas las emociones, las más nobles y las más abyectas, se clasifican con la precisión de un entomólogo: “Informa extensamente el lenguaje que hablamos, sus personajes principales se han convertido en nuestra mitología y es él, más que su involuntario seguidor Freud, nuestro psicólogo”. Volvemos a Shakespeare porque lo necesitamos: si nadie nos mostró tanto del mundo que conocemos, las desventuras románticas de una joven malhumorada resuenan con ecos vitales tanto en el pueblito renacentista de Petruchio como en la gran ciudad norteamericana donde se persiga la posibilidad de obtener la green card.

En el furor por las secuelas, las precuelas, las remakes y los reboots de una época obsesionada con el pasado, las únicas obras útiles de ser reinterpretadas son las de Shakespeare, porque nunca llegan a viejas: son eternas. Las nuevas versiones de Otelo, La tempestad y El mercader de Venecia, entre otras, se publicarán desde ahora hasta el año 2021 en más de veinte idiomas y en las obras de los best sellers actuales inspirados por el Bardo se confirmará otra vez la vieja máxima de Bloom, acuñada hacia el final de toda una vida dedicada a leer, a escribir y a enseñar sobre la invención de lo humano: “La respuesta a la pregunta ‘¿por qué Shakespeare?’ tiene que ser ‘¿pues quién más hay?’”.

Publicado en La Nación

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