El ser y la nada

Seinfeld: resortes secretos de la sitcom más extraordinaria de todos los tiempos.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Seinfeldia

Una serie sobre nada que cambió todo: éste es legado de Seinfeld, el programa de humor redondo. Una fría noche de noviembre de 1988, Jerry Seinfeld fue con Larry David a un mercadito coreano en la zona alta de Nueva York. Los dos salían de presentar sus monólogos en un club de comedia y Jerry necesitaba de Larry un consejo vital para la que podría ser la mayor oportunidad de su carrera: una serie propia de televisión. Si el mayor talento de los dos amigos era convertir los episodios más triviales de la vida cotidiana en gemas de comicidad filosófica, pronto empezaron a divagar sobre los productos expuestos en las góndolas: “¿Por qué la gelatina coreana tiene forma de gelatina y no, quizá, de espuma o de aerosol?”, se preguntó Jerry, y Larry respondió con la visión de una epifanía: “Ésa es la clase de discusión que no se ve en televisión”. 

Veintiocho años más tarde, el libro Seinfeldia, recién publicado en los Estados Unidos y ya en la lista de best sellers, devela los resortes secretos de la sitcom más extraordinaria de todos los tiempos y confirma un fenómeno de época: los estudios culturales aplicados al cruce de la televisión con las artes serias. La crítica Jennifer Keishin Armstrong recupera para la posteridad los diálogos de aquella noche en que Jerry contó a su amigo Larry que la cadena NBC quería producir una comedia con él como protagonista y explora los efectos que un programa con 180 episodios de 22 minutos tuvo sobre la cultura occidental de finales del siglo XX: si autores respetados compararon a Jerry Seinfeld con Sócrates, a George Costanza con el hombre sin virtudes de Aristóteles y a Cosmo Kramer se lo analizó según la angustiosa visión existencialista de Kierkegaard, la autora afirma que la serie fue un furor cultural que cambió la televisión para siempre y se escurrió hacia zonas insospechadas de la vida real.

Después de Seinfeld, cualquier reunión de neuróticos estuvo fogoneada por interminables discusiones sobre el ser y la nada: disquisiciones filosóficas que no suceden en la academia sino en mercaditos o cafés, con diálogos eternizados alrededor de la sustancia, como la mermelada coreana, o la ética: ¿hasta dónde es digno que se someta un hombre con tal de recibir su ración de sopa? En su promesa de ser “un programa sobre nada”, Seinfeld consagró el ingreso a la TV del antihéroe actual: el hombre común. Protagonista en las series, la literatura popular y hasta la moda (el normcore como sucesor del hipster, un look de exagerada normalidad inspirado justamente en Seinfeld: remera XL, jean celeste y zapatillas blancas, sin ningún apego por la elegancia), el tipo del 5º A revolucionó la narrativa televisiva y plantea una pregunta legítima: ¿cuánto le deben Tony Soprano y Walter White a Jerry Seinfeld?

En Seinfeldia, Keishin Armstrong recuerda que la idea original de la sitcom era “mostrar a dos tipos hablando” y que esa clase magistral de conversación permite comparar al capocómico con dramaturgos como Harold Pinter o Samuel Beckett, pero él criado al calor catódico de la televisión: la discusión de las minucias de la vida que se transforman en comedia (o en tragedia). Y en la observación de las costumbres de época, como la etiqueta para comportarse en un velorio o la réplica ante los padres que descubren al hijo adulto en plena autosatisfacción, bien podría encontrarse una versión actualizada de las cuitas que obsesionaron a Oscar Wilde: las convenciones del hombre como animal social. Ahí donde se diga que cada casa es un mundo, para Seinfeld cada café es un ágora: allí se pueden resolver los problemas del hombre o por lo menos discutirlos en un interminable yada yada yada.

Publicado en La Nación

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