La vecindad del Chapo

Películas financiadas por cárteles que buscan glorificar sus victorias.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Narcopelículas

“En la vida sólo hay dos caminos: uno fácil… y uno difícil”. Con el sombrero calado casi hasta los ojos, el viejo recita su sabiduría ranchera, pero el joven tiene certezas de menos palabras: “¡Lo matas y punto!”. Es una escena clave de Errores de mi vida, la película mexicana que cuenta la historia de una esposa ambiciosa que empuja a su marido a enredarse con las mafias norteñas para consentirla en todos los placeres. Bajo el sol implacable de Sinaloa, los hombres viajan armados hasta la nuca en camionetas blindadas y se enfrentan a los agentes de la DEA en batallas cruentas donde siempre terminan victoriosos: salen limpios del polvo. Dirigida por el exmilitar Jorge Farías y protagonizada por Jimmy Dux, un Stallone chicano, Errores de mi vida abunda en tiros y bombas y es uno de los grandes títulos de las narcopelículas, una industria cultural clandestina que los cárteles explotan para promocionarse. Si la principal defensora pública del capo Chapo Guzmán es la actriz Kate del Castillo y su vocero internacional, el astro Sean Penn, el filón confirma un fenómeno de época: la glamourización del narco. 

“La ciudad se llama Duke, Nuevo Mexico el estado/ entre la gente mafiosa, su fama se ha propagado/ causa de una nueva droga/ que los gringos han creado…”: en el capítulo Negro y azul de la serie Breaking Bad, el trío Los Cuates de Sinaloa canta loas a Walter White en su Balada a Heisenberg y los narcocorridos alcanzan un pico de rating mundial: este romancero musical que habla de “muerte a raudales, mujeres fáciles, armas poderosísimas y ambigüedad moral”, según la definición del escritor Carlos Monsiváis, llega a la televisión global. Y también al cine. Como las canciones, los filmes se financian con dinero de los propios cárteles, que buscan construir una epopeya que glorifique sus victorias y agrande a sus hombres, convertidos en modelos de ascenso social. Las narcopelículas son hijas no reconocidas del cabrito western, un género bastardo que cruza a justicieros con traficantes y que tuvo su primer éxito en 1977, cuando se estrenó Contrabando y traición, una superproducción que convirtió un corrido de Los Tigres del Norte en delirio cinematográfico y que después inspiró la telenovela Camelia la texana. Pero en los últimos años, junto con el éxito de series como Narcos o Breaking Bad, las narcopelículas se volvieron un furor de culto por todo México, donde se venden en supermercados y kioscos, con rocambolescas aventuras rodadas en quince días y que a veces incluyen las armas, las drogas o las camionetas reales de los capos, una exigencia que los realizadores no pueden rechazar sin afrontar riesgos: tiros, líos y cosa gorda.

Con la retórica del culebrón, las actuaciones forzadas y las balas de fogueo, las narcopelículas parecen obritas vecinales filmadas entre ametralladoras y montañas de cocaína: “Una puesta en escena sin ambiciones concentrada sobre todo en las secuencias violentas, actores dudosos, actrices no muy convincentes con grandes pechos, efectos digitales cantosos en los disparos y explosiones… y, como siempre, mucha droga y mucha acción”, define el crítico mexicano Mario P. Székely. Tras la fundación de un imperio, el barón anhela la construcción de una mitología: si es cierto que el mito es un habla, quiere que se digan cosas buenas de él. Fascinado por la cultura pop, al capo narco de hoy no le alcanza con la estatua o el besamanos: desea su propia biopic, la película que eternice su figura como El ciudadano hizo inmortal a Charles Foster Kane (un antihéroe de otra clase) aunque en la obsesión con su Rosebud personal ya no persiga un trineo infantil sino un revólver de juguete y una 4×4 de colección.

Publicado en La Nación

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