El factor XXX

El reality show “The Sex Factor” deja al descubierto que el porno no es glamoroso.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

The Sex Factor

El bulto amorfo que se agita debajo de las sábanas no deja dudas: esos dos lo están haciendo. La imagen granulada de una cámara voyeur captura el movimiento inconfundible de la madrugada, cuando los hermanitos caen en el incesto mediático y liberan una tensión acumulada en habitaciones y confesionarios compartidos. Si en los realities clásicos la consumación del acto llega con el clímax televisivo (semanas después de una convivencia forzada y abúlica, donde los participantes primero se cuidan de la vigilancia de las cámaras y después se entregan al fisgoneo ajeno), en The Sex Factor el orden de los factores altera el producto: se empieza por el sexo y se acaba expulsado. El reality show porno producido por la empresa xHamster es un Gran hermano bastardo donde dieciséis personas comunes (ocho hombres y ocho mujeres) se encierran en una casa y compiten por un millón de dólares y el premio mayor de la época: ser una estrella. 

En su imitación del amor, el porno es el arte de la mímica así como el reality es una imitación de la vida. El formato respeta el canon del género (el aislamiento, los personajes antagónicos, el conflicto, la nominación y la expulsión) pero en The Sex Factor se promete un paraíso de fama y dinero para el que muerda mejor la manzana: un jurado evalúa quién posee mejores condiciones como amante a sueldo. “¡Estoy aquí para ser un líder… del porno!”, se exalta El Coronel, un macho-alfa típico excitado con la posibilidad de hacerse famoso (ya participó en otros realities pero no tuvo suerte) y en el primer episodio David Caspian llora ante la cámara porque falla en la prenda del día, un fracaso que golpea su orgullo viril y sus capacidades televisivas. Con un máster en antropología, la rubia Allie Eve Knox pretende encontrar en el cine XXX la prosperidad que no le brinda la academia y Blair Williams confiesa que quiere dejar su trabajo como maestra jardinera en una escuela religiosa. La conductora Asa Akira dice que el secreto para ganar el desafío consiste en cumplir con “las tres P” más importantes de este negocio (“presencia, performance y potencial”) y los varones se someten a su primera misión grupal: bailar sobre un escenario como strippers alrededor de un caño, aunque la inseguridad de sus cuerpos y la torpeza de sus movimientos los muestre como un ballet de monos con epilepsia. Si la revista Vice dijo que “el programa es magia en estado puro” y Time lo definió como “un movimiento cultural”, el consumo adictivo de sus capítulos brinda una conclusión inequívoca: el porno no es glamoroso.

Algunas escenas exigen una logística técnica que inunda la habitación de cámaras, micrófonos y cables mientras los actores se retuercen en contorsiones acrobáticas para ofrecer su mejor ángulo (antes tuvieron que hacerse análisis médicos para descartar enfermedades potencialmente contagiosas) y en la estría o el rollito se observa la humanidad en estado puro. “Ver a gente normal teniendo sexo es como presenciar la pelea furiosa de dos chanchitos por un trozo de comida que se cayó al suelo”, escribió la periodista estadounidense Janis Hopkins y acaso ése sea el motivo por el que The Sex Factor es un reality show perfecto: más unidos en el espanto que en el amor, los espectadores lo encontramos involuntariamente cómico, más cínico y menos solemne que cualquier otro. Si lo único que produce el exceso es el rechazo por aquello que abunda, tanto cuero al aire genera un efecto anestésico porque en la aparatología que rodea ese universo de placeres fingidos se delata todo lo falso que tiene la televisión-verdad: como el goce de unos y otras, puro artificio.

Publicado en La Nación

 

 

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