Paraísos de hoy

Un edén donde los bancos no son lo que parecen y las joyas se confunden entre el mar, el sol y los dólares.

Souvenir: recuerdos de las islas Caimán

Caimán, playa

La rutilante arquitectura del dinero nos convenció de que los bancos sólo pueden construirse de una forma (con grandes paños de vidrio, pisos de mármol y detalles en las mil versiones de lo cromado), pero acá los grandes bancos internacionales ocupan casitas de pocos pisos, con el techo a dos aguas y los tablones de madera pintados en distintos tonos pastel, amarillo-patito o rosa-flamenco. Hasta los cajeros usan sombrero panamá y ya desde que aterrizo en las Islas Caimán advierto que, aun en el centro de América, se maneja a la manera británica (por la izquierda), que el retrato regio de la Reina Isabel custodia todas las reparticiones públicas o las señales de tránsito, y que esas casitas de madera son el símbolo perfecto del dinero mal habido y bien escondido: modestas por fuera, fortalezas inexpugnables por dentro. A una hora de Miami, los empresarios advenedizos y los políticos corruptos esconden sus millones en alguno de estos trescientos bancos y si el castigo divino al pecado original fue la expulsión del Paraíso, los pecadores de hoy dotan de un nuevo sentido a la palabra porque el único paraíso que anhelan es éste, el paraíso fiscal.

Acá llegó Colón y después, los corsarios ingleses: cuenta la leyenda que un mal día se hundieron diez naves reales frente a sus costas y que los generosos lugareños demostraron su valentía para socorrer a los náufragos. En recompensa, el Palacio de Buckingham dispuso desde Londres que esta colonia de ultramar jamás pagaría ningún impuesto. Enfrente nomás de Jamaica, las Islas Caimán son un caldo de calor y humedad caribeños, un pueblito Playmobil de playas angostas, aguas azules, calles pulcras, perfumerías lujosas, joyerías imposibles y bancos camuflados. A diferencia de otros lugares del Caribe, no existen los resorts fortificados como castillos: en esta isla de cincuenta mil habitantes hay cincuenta mil empresas radicadas y en los hoteles cinco estrellas repiten que las calles son seguras para pasear a cualquier hora, sin barriadas ni pobres. Uno puede sospechar la mirada de un ojo discreto y silencioso que custodia estos dominios.

El pronóstico de un verano agobiante me sugiere que viaje liviano de equipaje pero pronto me pierdo en la fantasía: las valijas gigantes que aporrean esos yanquis rubicundos de cuellos rojos deben estar llenas de guita. Se los puede ver bajo el sol impiadoso del mediodía, la hora en que el bochorno exige un chapuzón salado o un daiquiri debajo de la sombrilla, sudando por “la principal” del centro, una versión delirante de la Avenida 3 de Villa Gesell o la Chiozza en San Bernardo: ahí donde la ciudad costera bonaerense tenga para ofrecer las baratijas de sus artesanos, las vidrieras de Caimán exhiben diamantes por millones de dólares que los gringos compran exentos de impuestos para obsequiar a sus queridas. Salen de las casitas de madera, entran a las joyerías, y así: el secreto bancario apenas tiene el peso ominoso de un romance tórrido a la hora de la siesta.

Publicado en Brando

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