Dale leña

Una prodigiosa novela creada desde la obsesión y las manos sangrantes de un escritor.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Mike Wilson

“Ayer derribé mi primer árbol”: para llegar hasta acá hicieron falta diecisiete páginas y toda una vida. En la existencia de este leñador, el árbol es el desafío iniciático que lo hace hombre. Fue soldado y boxeador y cuando creyó que su vida necesitaba un giro argumental (“fracasé en las islas y en el ring”), dejó su país buscando alejarse de todo y se mudó a los bosques de Yukón, al noroeste de Canadá, casi en la frontera con Alaska, donde fue admitido en un campamento de hombres grandes, toscos y barbudos que le dieron un hacha con filo de acero y mango de olmo liso. La idea original era estudiar su oficio, pero la aventura fue transformadora y lo duro de esa vida en los bosques es lo que cuenta Leñador, la extraordinaria novela de Mike Wilson que acaba de publicarse en la Argentina: un tronco de quinientas páginas sin capítulos ni remansos que compila absolutamente todo (¡todo!) lo que se puede decir o saber acerca del ser leñador porque, en su epifánica experiencia, el narrador madura a través del conocimiento: “Aprendí cosas”, dice. 

El manejo del hacha. El mantenimiento del tronzador. La botánica del pino. La fisonomía de las setas. El ciclo vital de los osos. La taxonomía de las barbas. El tratamiento de las heridas. Ningún tema relativo al leñador es ajeno al interés de Wilson, nacido hace 42 años en los Estados Unidos pero educado en la Argentina y Chile, escritor y doctor en Letras: de su curiosidad antropológica nació este libro prodigioso que es a la vez novela de iniciación, diccionario enciclopédico, crónica de viaje y tratado filosófico. Si alguna vez el célebre editor italiano Roberto Calasso dijo que un libro único es “aquel en el que rápidamente se reconoce que al autor le ha pasado algo y ese algo ha terminado por depositarse en un escrito”, acá es fácil advertir que el escritor está fascinado por la mitología heroica del leñador (conocí a Wilson el año pasado, durante su visita al Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires, y parece una de esas personas tomadas por su personaje: de ánimo parco y taciturno, lleva barba espesa, gorro de lana, camisa leñadora y, al menos por un instante, supuse que guarda un hacha en la mochila). Aun cuando se presente como “una novela sobre la quietud, la certeza y la textura de las cosas”, Leñador también puede leerse como la obra de un obsesivo compulsivo que, en su manía recopilatoria, se propone reunir el saber universal sobre su monotema y pulir la estética de la acumulación de datos: como en el fabuloso libro Leviatán o la ballena, en el que el autor inglés Philip Hoare resume todo lo que se conoce sobre el mamífero para conjurar una obsesión que empezó con la maqueta gigante de una ballena azul que vio de niño en un museo, Wilson echa leña al fuego literario de la experiencia total.

“Las manos me sangraron, mi espalda no deja de acalambrarse. Lo extraño es que no sentí nada cuando se derrumbó”: ante el primer árbol caído por mano propia, el silencio absoluto de un hombre mudo frente a un pino derrotado. Y después del responso, a seguir hachando. Este universo aislado del mundo tiene su propio ecosistema (la flora y la fauna, pero también los modestos rituales sociales, las reglas de convivencia en el campamento o las técnicas de supervivencia ante el clima hostil), en el que el narrador se refugia para escapar de su vida, como el joven Ismael de Moby Dick cuando se interna en el mar como fuga contra la melancolía. Para el lector citadino, Leñador es un viaje hipnótico que deja la sensación del vacío terrible y precioso de una inmersión profunda en un bosque encantado: como en los cuentos de hadas, es fácil entrar pero difícil salir.

Publicado en La Nación

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