Sexo, mentiras y video

La obsesión de los casi famosos y una moraleja de las operaciones mediáticas.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Yacht, sex tape

El comunicado tiene casi las mismas palabras que tantos otros: “Claire y yo, que somos compañeros artísticos y románticos desde el 2006, hicimos un sex tape. Era sólo para nosotros (…). Ahora es una vergüenza”. Hace unas semanas, el grupo YACHT, un dúo de música electrónica de Los Angeles integrado por Jona Bechtolt y su novia Claire Evans (una de esas bandas modernitas que se escucha en mis programas de radio), denunció públicamente que un hacker les robó un video hot que grabaron en la intimidad de su dormitorio. Enviaron cartas a los diarios, se mostraron compungidos en entrevistas, ofrecieron conferencias de prensa y en la abulia mediática de los sitios de chimentos, el tema originó una pequeña revolución pero, aun con las habilidades informáticas de un Mr. Robot, los fisgones de las rutinas amatorias ajenas no pudieron encontrar el video por ningún lado. Finalmente, Jona y Claire confesaron: el sex tape nunca existió, apenas fue una farsa para promocionar su último disco, que empieza con una canción titulada I Wanna Fuck You Til I’m Dead. Si la ambición de él es amarla hasta que caiga muerto, en la operación mediática se delata una tara enfermiza de la época: la obsesión por el sexo de los casi famosos.  Sigue leyendo

Contraseñas del amor

Entre series y películas, el romance se organiza alrededor del streaming.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Tonya

“Estamos fusionando bibliotecas”, me escribe un amigo un domingo a la mañana. Él y su pareja se van a vivir juntos y, en el ocio productivo del fin de semana, agrupan a los autores y descartan los repetidos: como ellos, los libros también se ensamblan en la nueva organización del concubinato. Y yo, siempre teñido de una melancolía que se enrosca en los finales más que en los principios, recuerdo la última separación de ese mismo amigo y el duelo doloroso que siguió: la división de libros, películas y discos en los tuyos, los míos y los nuestros. Cómo se hará ahora, me pregunto, cuando los artefactos culturales ya no son cosas palpables sino archivos intangibles y no se guardan en bibliotecas sino en “la nube”, tan etérea y ajena. La contraseña compartida de Netflix, acaso el bien ganancial más querido en las parejas que se cuecen al calor del silloneo, puede trazar la historia de una relación: si es posible reconstruir una cartografía sentimental a partir de las canciones que escuchamos juntos, el romance de esta época se organiza alrededor del streaming y las series y películas que miramos juntos. Sigue leyendo

Arde la city

La novela más monumental del año, sobre la promesa de una babilonia moderna.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

New York 1977

“Hemos conocido al enemigo, y somos nosotros”: narcotraficantes, herederas, pungas, prostitutas, políticos, pandilleros, punkies, policías y travestis celebran la noche de Año Nuevo de 1976 en Nueva York pero, muy lejos de la postal turística del árbol encendido del Rockefeller Center, ellos tienen otros planes para la ciudad: prenderla fuego. A mediados de la década del 70, la última antes del ultracapitalismo, el boom inmobiliario y la Tolerancia Cero, el Central Park era un antro de delincuentes y la Quinta Avenida, un punto de encuentro para comprar o vender todas las drogas que se hubieran inventado: las tarjetas personales impresas con el prefijo 212 y una única palabra (“reparto”) servían como contraseña. Ésta es la historia que cuenta Ciudad en llamas, la novela más monumental que aparecerá este año, próxima a publicarse en la Argentina pero ya disponible en ebook: un mamotreto adictivo de más de mil páginas que pinta un retrato alucinante de los seis meses que pasaron entre aquel Año Nuevo y la noche en que se produjo el gran apagón y la ciudad que no miramos se convirtió en una bacanal de saqueos, orgías y violencia.  Sigue leyendo

Etiqueta del spoiler

¿Hasta cuándo guardar el secreto de lo que sucede en una película o una serie?

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Jon Snow, vivo

“¡Está vivo!”: apenas dos palabras bastaron para provocar una ola de indignación mundial. A principios del mes pasado, la revista Entertainment Weekly publicó en su tapa la foto del personaje más querido de la serie Game of Thrones, uno cuyo destino final era un secreto que el actor que lo interpreta mantuvo con múltiples distracciones, como mutismos incorruptibles, pistas falsas y grabaciones aisladas, hasta que un título emocionante (“He’s alive!”) aguó la sorpresa del que llegó tarde al episodio en que reabre los ojos como Lázaro (el personaje bíblico, no el habitué de los noticieros). En el escándalo se expresó un debate actual: ¿hasta cuándo hay que guardar el secreto de lo que sucede en una película o una serie? Si en inglés la palabra spoiler deriva del verbo que significa “estropear”, en español se adaptó al infinitivo como “espoilear”: develar el enigma de una ficción o, como sacar fotos en el colectivo sin permiso y chatear durante una cena familiar, una de descortesías más reprobables de la época.

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