Jóvenes titanes

Los estudios buscan películas de superhéroes para seducir con sagas interminables.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Mark Twight

El hombre más buscado de Hollywood no es un director ni un productor ni un actor taquillero: es un personal trainer. O “gurú del fitness”, como lo promueven sus representantes. En nueve meses, Mark Twight se dice capaz de gestar un cuerpo nuevo: lo hizo con los actores de la película 300, flacuchos espartanos a los que convirtió en gigantes hercúleos capaces de ganar batallas sin un rasguño, y con los de Batman versus Superman, entre muchos otros tanques: si el poder iniciático de un superhéroe es aquel capaz de transformar a un alfeñique de 44 kilos en un Atlas, el entrenador usa los métodos extremos del ejército estadounidense para sacar el musculito o eliminar el rollo ahí donde haga falta. Y así confirma las prioridades de un fenómeno de época: suena lógico que en tiempos de películas anabolizadas, un personal trainer obtenga los presupuestos más inflados. 

En el Hollywood de antes, el entrenamiento que recibía un aspirante a estrella era, más que nada, actoral: preocupado por sentir y transmitir una emoción verosímil, se machacaba con el sistema de Stanislavsky o el método de Strasberg. Hoy se encierra en un gimnasio. Las películas de superhéroes son los esteroides que los grandes estudios necesitan para seguir seduciendo con sagas interminables y cantidad de merchandising a los espectadores, congelados en un fanatismo infantosenil (en los próximos cuatro años, se estrenarán por lo menos… ¡veinticinco!). Pero como pasa en el gimnasio, cada vez hacen falta dosis mayores: el patovica que aún se ve flaco y las superproducciones exigidas de superar sus propios récords se empeñan en cumplir con un viejo mandato del anhelo norteamericano, ser bigger, faster, stronger.

Más grande, más rápido, más fuerte: en El hombre de acero, el entrenador Mark Twight logró que el actor Henry Cavill ganara seis kilos de músculos puros y que Rusell Crowe perdiera más del doble de grasa para interpretar a Superman y su padre. En el gimnasio sin espejos ni televisores que montó en los estudios Warner, las estrellas se someten a las rutinas extenuantes de un campamento militar: experto en alpinismo, Twight antes entrenó a los marines, diseñó programas de fitness para el Pentágono, puso en forma a luchadores de artes marciales mixtas y ahora aplica sus ejercicios y sus dietas a quienes alimentan los programas de chimentos. Con la superchería mística de cualquier gurú (“es un hombre que podría convencerte de tomar veneno, si quisiera”, lo describió el director Zack Snyder), Twight combina la gimnasia y la psicología para obrar el milagro en apenas nueve meses: que un gordito farináceo consiga músculos de acero bien aceitados en la pantalla. Y su lema tiene la semántica inspiradora de cualquier libro de autoayuda: “La apariencia es la consecuencia del entrenamiento, pero la confianza es la consecuencia de la capacidad”.

También dirá que su objetivo es construir una cultura del físico en el deshumanizado negocio de filmar películas y que, a diferencia de lo que piense cualquier otro personal trainer, el cambio del cuerpo empieza con un cambio de la mente. Según la filosofía de Twight, la transformación corporal es un “rito de pasaje”, como el giro sobre sí misma que convierte a la tímida Diana Prince en la Mujer Maravilla o la cabina telefónica a la que entra el trémulo Clark Kent antes de salir transformado en Superman. Si los héroes actuales tienen más potencia física que capacidades deductivas o mentes extraordinarias, pesas y mancuernas alientan una esperanza de alto rendimiento para el tipo común con la ilusión de ser un superhombre: sólo necesita más músculo que cabeza.

Publicado en La Nación

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