Los argentinos de Europa

Entre cerveza y cerveza, las razones por las que los irlandeses nos consideran como hermanos.

Souvenir: recuerdo de Dublín

Dublinesca

El abrazo me sorprende con la guardia baja. “¿Argentino? ¡Entonces es un amigo!”. En la mano derecha sostengo una pinta de cerveza negra y con la izquierda rodeo los hombros del desconocido: con el escaso equilibrio de un boxeador con Parkinson, la prueba me parece digna de un Guinness. En la puerta del pub, el irlandés quiere seguir con la charla efusiva y yo, que nunca dependí de la amabilidad de un extraño, trato de zafarme y me pierdo en el acento gutural que no tiene nada que ver con el inglés british que aprendí en la Cultural. Es la amistad más instantánea, y más fugaz, de mi vida porque dura lo que tardo en terminar mi vaso, más bien poco. Antes de llegar me habían advertido que los irlandeses nos consideran a los argentinos cómplices de un sentimiento: la antipatía contra los ingleses. Y si el mes que viene se cumplen treinta años del gol divino que ellos gritaron como propio, el mes pasado se cumplieron cien años del día en que se declaró la independencia que los separó definitivamente de sus vecinos del otro lado del Canal de San Jorge. En el abrazo de dos borrachines que se juran una amistad eterna que no podrá durar más de cinco minutos, el irlandés se empeña en hacer un brindis por “la manou de Dios”.

Los tréboles de tres hojas se multiplican por todo el Temple Bar, el barrio que estalla de bares al sur del río Liffey, y aunque Google Earth me muestre la isla como un manchón verde sobre el Atlántico norte, a nivel del suelo todo es gris. La estatua de James Joyce inmortaliza al demiurgo del Ulises con el sombrero ladeado y apoyado sobre un bastón, con el desgano típico del dublinés tristón: ahí donde el humor inglés siempre sea un ejemplo de gracia absurda, el irlandés es tan cínico como otro de sus próceres literarios, el satírico Jonathan Swift, que alguna vez propuso modestamente resolver el problema del hambre comiéndose a los niños (no a todos, sólo a los más carnosos). Las camisetas a franjas celestes y blancas se venden en las tiendas de la peatonal y Maradona sigue siendo un apellido sagrado; un adelantado me dijo que los irlandeses son “los argentinos de Europa”: fundidos hace unos años, adoran saber qué se opina de ellos en el mundo y eternizan horas en los bares autoanalizando su personalidad colectiva para averiguar “cómo somos los irlandeses”.

La llovizna es persistente todos los días: se me ocurre que el tango sería la banda de sonido perfecta para estos tipos que se caen del mapa de Europa. Rodeados de agua, usan la expresión “dar el salto inglés”, que yo supongo significa cruzar, por fin, el charco y salir de la melancolía insular. Pero no estoy seguro como tampoco lo está Enrique Vila-Matas cuando le preguntan por el significado último de la frase, en su novela Dublinesca: “Tal vez contestaría a la manera de San Agustín cuando le pidieron que dijera qué era el tiempo para él: ‘Si no me lo preguntan, lo sé, pero si me lo preguntan, no sé explicarlo’”.

Publicado en Brando

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s