Un deseo mecánico

Actores del cine XXX, en pie de guerra ante el avance de la realidad virtual.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Virtual Porn

Mmm… mmm… Corte. Vamos de nuevo. Mmm… mmm… Corte. Otra vez. Mmm… mmm… ¡Corte! Mejor paramos. Si el rodaje de una película porno es parecido a lo que se ve en Boogie Nights, imagino que debe ser difícil hacerlo ante una pequeña multitud de camarógrafos, iluminadores y sonidistas fisgones. Pero el último grito de la tecnología agrega una dificultad aún mayor al momento de concentrarse para la faena amatoria: la grabación de películas con el sistema de realidad virtual (VR, según la sigla en inglés) exige que el actor, además de ofrecer una performance digna de un Sansón, deba cargar en su cuerpo con equipos de filmación para registrar tomas subjetivas y aguantar que las escenas se repitan decenas de veces. ¡Acción! Mmm… mmm… Corte. Ahí donde se diga que las máquinas conspiran contra la concreción del deseo, los actores del cine XXX de Los Angeles, la mayor industria pornográfica del mundo, se levantan de la cama para ponerse en pie de guerra: así no hay cuerpo que aguante. 

“Experimentá tu primer trío”, es el eslogan de Naughty America, una de las principales productoras del ramo y pionera en la aplicación de VR al porno. El voyeur sólo debe colocarse unos anteojos de realidad virtual para sentirse adentro de la escena, en un caleidoscopio lúbrico de 360 grados, rodeado por los actores que parecen al alcance de la mano. Como en el acto amatorio, la realidad virtual también ofrece dos posiciones: en las experiencias pasivas, el mirón sólo observa con un realismo increíble todo lo que sucede a su alrededor; pero en las activas, el entorno responde a sus acciones (si se agacha o se estira, por ejemplo, puede provocar una reacción corporal en el actor: que se abra de piernas o le dé la espalda). Para que este milagro técnico pueda suceder, durante el rodaje los protagonistas deben cargar con mochilas, cascos o pecheras donde se instalan las cámaras subjetivas y las escenas se repiten una, dos, ¡veinte veces!… hasta captar todos los ángulos posibles de visión. ¿Cómo se puede mantener la inspiración en semejante contexto?

“Los talentos masculinos están teniendo muchos problemas para hacerlo mientras sostienen equipos pesados sobre sus cuerpos”, confesó un vocero de Pornhub al diario inglés The Independent, ante los airados reclamos de sus actores que ven disminuido su orgullo en el esfuerzo técnico: el mayor sitio de porno gratuito lanzó un servicio premium que por 9,99 dólares al mes ofrece videos de realidad virtual que alientan la ilusión de que uno está ahí, casi entre las sábanas. Es el negocio audiovisual de la época: aunque la venta de cascos VR llegue a facturar 895 millones de dólares este año y el último festival de cine de Tribeca haya presentado trece largometrajes en 360 grados, se pronostica que la industria del porno es la que sacará el gran filón de la experiencia que mete al mirón adonde quiere estar: en el medio de la cama.

¿Qué vemos cuando vemos porno? La mímica del acto corporal (“un karaoke del amor físico”, me gusta decir). El porno es fantasía, más que nada: de espiar lo que nos está vedado. Un anhelo de mayor autenticidad impulsa el género amateur porque los actores profesionales se ven demasiado sintéticos, pendientes de la parafernalia técnica y distantes de la experiencia gozosa: para el espectador cínico, será difícil entrar en clima si sospecha que esa rubia siliconada o ese macho cabrío lo hacen maquinalmente y están envueltos en cables o cargados de cámaras, micrófonos y baterías. En su demanda sindical, los actores reclaman un regreso a lo natural, lo mismo que piden los espectadores: que el sexo sea algo para hacer cuando estás desenchufado.

Publicado en La Nación

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